Nos hemos hecho esta pregunta cientos de veces y, pese a ser una sociedad absurdamente etiquetada, me alegra que el amor sea una auténtica incógnita.
Pero soy ducho en el arte de la metáfora así que, permítanme esta analogía.

El amor es como el agua.
Todo tenemos gran parte dentro y como sudando, algunos lo mostramos con temor al desprecio. Lo necesitamos para vivir, pero en cantidades justas, ni tan poco que nos deje sedientos, ni tanto que nos indigeste. Además, al igual que el agua, el amor es tan versátil que igual lo bebes, te lavas, nadas o te llueve.
El amor es transparente, y lo encontramos en diferentes estados.

Empieza gaseoso, ardiente, apasionado, dos moléculas independientes que se unen para formar la vida, un vapor que recorre la garganta hasta calarte por dentro, viaja por el aire y te envuelve, te atrapa, y una vez cautivo se produce la condensación.
Y ese amor se vuelve líquido, permite beber, nadar, flotar en un océano de felicidad, limpiar tus miedos, tus demonios, tus heridas, hasta que te convierte en un alma a su deriva, dejas de flotar, te pesa el cuerpo, y te sumerges en monotonía, tristeza, soledad, en un inmenso mar lleno de olas que ya no permiten surfear, te arroya la marea de la realidad.
Y entonces llega el frío, y toda esa agua se solidifica, te criogeniza el corazón y el alma se llena de escarcha, tirita, queda inmóvil, y no es que mueras de hipotermia, es que ya nada se parece al calor del principio y, como un cambio climático, se produce la glaciación.

Y así hasta el siguiente ciclo, hasta que la sublimación nos devuelva a ese estado de realidad que perdimos flotando en corrientes oníricas.

El amor es aprender, es tan cíclico como la vida, tan indeterminado como las sociedades, tan único, como una gota de agua.

 

Y ahora dime, ¿en qué estado estás?

Yo empiezo a pensar que estoy en plasma, que mi amor no tiene forma definida, que vive bajo la influencia de un campo magnético de miradas, risas, y silencio. Que vivo en desequilibrio emocional (electromagnético), que desprendo electrones de tan libre que me muevo, de tan rápido que sueño. Supongo que mi amor es una estrella enorme, perdida en el inmenso universo, en una galaxia tan lejana a la del resto que es imposible que surja, sienta, la gravedad. Un alma que se mira, pero nadie toca por miedo a abrasarse. Supongo.