¿Se puede vivir con una enfermedad mental?

Mentiría si dijera que no, pero al igual que aquel que tiene artritis, vivir enfermo es no estar haciéndolo del todo.

¿Se supera?

La respuesta es tan amplia como las personas.

En mi caso, diría que, en cierto porcentaje sigo sintiendo que la fobia social aún sigue presente. Pero que poco a poco voy aprendiendo a controlarla hasta dejarlo en lo que para mí era desde el principio cuando me negaba a verla. La medida de autoprotección contra una sociedad que es en su mayoría dañina. ¿Cómo no temer a unos seres que se matan, que sufren por la envidia, por el desamor, por el egoísmo, diseñados para ser competitivos? Así que ahora ya no tengo miedo, tengo alertas.

Pero lo que vivo ahora es, como mucha gente, una depresión soportable que cual montaña rusa me convierte en un ser con un comportamiento tan dicotómico que asusta desde fuera, e incomoda desde dentro.

El estar feliz y de repente triste, el que te mueva la euforia y al pestañeo siguiente no puedas salir de la cama, el tener sueños y que domine el insomnio; el ir al trabajo, sentado en un autobús, con la música sonando como de fondo, mientras la mente se evade, hasta que llega tu parada y te pesa el cuerpo, tanto que darías vueltas al mundo entero con tal de no llegar a ninguna parte.

La depresión es así como soltar una gota ínfima de tinta en un enorme vaso de agua.

¿Beberías? Es sólo una gota pero ha jodido cualquier trago.

Y por eso escribo, porque quedan ocho minutos para salir de la cama, coger ese autobús, e ir a ese trabajo que si bien infeliz no me hace, no es como esto, no es como hacer retratos a otras almas, trabajarlos, y enviarlos, cosa que daría la vida si recibiera ingresos en mi cuenta bancaria.

Pero escribo, porque es como avistar un rayito de luz en un zulo sin ventanas.

Las enfermedades mentales, ¿se superan?

Creo más bien que se sobreviven.

Que dejan cicatrices, en muchos casos literales, y que hacen a cada pedazo en que nos convierten un poco más frágil, en un conjunto más fuerte, que no tenaz.

Una enfermedad mental es aquello que hace cojear a nuestra alma, y desploma todo ánimo. Nos hace imprevisibles, cambiantes, extrañas.

Yo, que me negué en rotundo a tomar medicación, sé que el deprax o cualquier otro medio de inhibición no sirve pues, es como plantarse ante un enemigo y salir corriendo.

Me enfrenté a mi ansiedad social subido a un escenario, y sufrí nervios, pero no miedo.

Esto no quiere decir que actuéis ante el psiquiatra, omitáis sus consejos y sigáis dejando que las ganas de acabar con todo os dominen.

Es solo que desde mi experiencia, a la depresión le vence la ilusión y el amor.

Y esas son la sobredosis que os receto.

Pero, ¿qué sabré yo? Si estoy camino de un trabajo que no me apasiona y solo porque escribir no paga las facturas por mucho empeño que le ponga.

Esto es todo, os dejo girando el grinder, removiendo el café, o apoyando la cabeza en el lado fresco de la almohada.

Mi nombre es Iván de la Torre y no tengo una estado anímico estable. Tampoco tengo psiquiatra, porque entendió que tenía las alas para volar y la voluntad de no precipitarme.