Solo llevo dos horas, pero ya queda menos” es la frase que me repito una y otra vez cuando miro el tiempo en el contador del programa que usamos para gestionar llamadas.

No he tenido jamás un trabajo que me llenara, un trabajo para el que sintiera que estoy hecho. He tenido dos, legalmente, pero hasta los que no eran legales e impagados me hacían sentir al menos algo que no fuera frustración o tristeza.

¿Por qué sigo trabajando si no me gusta?¿Por qué trabajas tú? Esta claro que a todos nos cuesta dinero la vida y este, hay que conseguirlo de alguna forma.

Llevo casi 3 años trabajando y casi 3 buscando empleo de aquello para lo que estoy preparado, y nada, las mismas ofertas de la misma rama, rama de la que parece estoy colgado y a este ahorcado ya no le quedan muchas más letras, ni mucho más oxígeno.

Ya sea “trabajar para vivir” o “vivir para trabajar” tienen de base un concepto erróneo que forma un bucle. Con la primera se supone que trabajamos para costearnos la vida, osea como ahora. Con la segunda que existimos para trabajar, como esclavos.

(De hecho, en la Wikipedia podemos encontrar: “La palabra «trabajo» deriva del latín tripalium, que era una herramienta parecida a un cepo con tres puntas o pies que se usaba inicialmente para sujetar caballos o bueyes y así poder herrarlos. También se usaba como instrumento de tortura para castigar esclavos o reos. De ahí que tripaliare significa ‘tortura’, ‘atormentar’, ‘causar dolor’”. No me alejé demasiado usando el término esclavo. También puede venir de la palabra ‘traba’, que significa impedimento o dificultad.)

Lo correcto, permítanme, sería decir “vivir trabajando” o “trabajar viviendo” que, desde una amplia perspectiva, significaría que el trabajo nos da vida, pasión, y toda una lista de adjetivos positivos.

Pero no, esa es una meta que se torna inalcanzable, al menos para los inconformistas. Aunque yo sí me conformo con un puesto de docente, con mi justa jornada laboral, mis amplias vacaciones y mi sueldo medio, el cual no me permitirá grandes lujos, pero si una modesta vida llena de alegría sin tener que sufrir cada vez que me levanto a afrontar el trabajo que me consume.

“Llevo ya cinco horas, ánimo, que ya quedan tres” más la hora muerta para la comida que es como cuando esperas cola en el super, tiempo perdido.

Y miras plataformas de empleo y solo ves: “Su cv ha sido rechazado por la empresa”, “la candidatura ha sido cerrada y no fuiste seleccionado

Y suena el teléfono, porque trabajas en atención telefónica, y solo quieres matar al mundo con un chasquido como Thanos en Infinity War. Ves como llamada tras llamada se apaga la vida, como la cera de una vela que se consume. Pero que al parecer no basta para una baja, pues la psicóloga te dice que “o dejas el trabajo o sigues, esas son las opciones a valorar”, así que quítate de la cabeza eso de la depresión y la ansiedad que son un buen argumento de ficción lejos de la realidad.

Y así estoy, un año ya odiando ese puto sonido que oigo ya incluso estando apagado y da igual que le cambies el tono, la sensación es que tu vida depende de una llamada, como la película de Colin Farrell.

Y todo ¿para qué? Mil tristes euros al mes que te paga una empresa de RRHH que seguro les cobra el doble a aquella para la que prestas servicio.

Así que al malestar de las funciones se le suma que no pintas nada, no eres de la empresa, nadie te escucha, eres el peón de ajedrez en primera línea que recibe todos los ataques, pero ninguna sugerencia es atendida.

Y ¿Si las empresas en las que estuviste son una basura por qué no montar la tuya? Pues porque no tienes un euro, ni línea de crédito, ni oportunidad, tienes el DAFO en negativo. Así que esperas que alguien te contrate para aquello que deseas, por un sueldo digno y una posibilidad de crecer como persona y como profesional. Pero, ring ring “buenos días, en qué puedo ayudarle” “lo siento no te puedo decir que está roto, no tengo la culpa de que otro haya hecho ese cambio, lo sé, a mi me parecía mejor antes, yo no tengo la culpa de que usted no sepa lo básico para trabajar…” tantas cosas que uno se calla y le pesan.

Yo soy un creador, no sirvo para lidiar con los defectos de la creación de otros.

Así que miro las quemaduras, el vaso vacío, y el contador llegar por fin a la hora de salida. Pero uno nunca sale del todo, porque en 15 horas todo volverá a empezar. Y entiendes la fábula de Prometeo, te sientes atado a un mundo injusto y devorado por sus cuervos humanos día a día.

Que lo deje si no estoy cómodo, me dice la psicóloga. La dejé a ella.

Busco cada día una salida, crees que no, pero no es fácil encontrarla, estoy trazando mi “plan de escape”, como la película, pero me lleva tiempo para que mi guion no sea tan pésimo como el de Sly.

Si es que todo son mordiscos en la herida. Como cuando te rechazan para vender en MierdaMarkt, pero en la tienda está un niñato que no tiene ni idea de lo que vende, pero lleva tiempo con un chalequito hortera.

Es una pena que no pueda monetizar esto, pero Risto Mejide se llevó todo el negocio de la mala leche y ahora solo se patrocina la estupidez. Tiene asco, que el ridículo tenga más valor que el talento.