Seleccionar página

Lo sentimos, no se encontraron publicaciones

¡Muchas gracias!

Si quieres puedes leerme directamente en tu email

¡No envío spam! Lee la p... política de privacidad para perder tu tiempo..

Toda mi vida he sentido la sensación de que no pertenecía a este mundo, o a esta época, o que no me sentía siquiera ser humano. No comprendía al mundo ni a las personas que lo habitan y me pasaba el día en mi habitación imaginando un mundo propio. En infantil odiaba estar con los demás, enterraba la fruta que no me gustaba y cuando nos obligaban a dormir yo me quedaba tumbado con los ojos abiertos mirando alrededor. En primaria odiaba el recreo y me encantaban los días de lluvia porque me quedaba en clase. Empecé a escribir sobre mis emociones y mis reacciones porque comprendí que esa era la única forma que tenía de relacionarme. Y aunque escribí un cuento sobre una bruja que representaba a mi profesora, a ella le pareció creativo y me animó a seguir escribiendo. Desde cuarto sufrí acoso escolar y fue un infierno del que nadie se hizo responsable por mucho que insistiese mi madre, la cual me apuntó a Karate hasta que me tocó competir y sufrí un ataque de pánico al verme en el pabellón rodeado de tanta gente. En quinto tuve mi primera y única relación homosexual (unos besos) con un compañero al que también acosaban. Nos encontramos refugiados en los baños del patio y supongo que así surgió. Recuerdo que llegué a casa y le dije a mi madre: "mamá, tengo novio" mientras ella fregaba los platos y no dijo nada. Estaba acostumbrada a que tuviese novias, y yo lo dije como lo había dicho en el pasado. Uno es menos prejuicioso cuando es niño. En sexto me enamoré de una vecina, la relación extrafamiliar más bonita que he tenido y tendré jamás, no hubo besos, pero me enseñó y sigue enseñando mucho más que todas las relaciones futuras. Escribía textos y poemas de amor, pero también de tristeza y pérdida, siendo el primero tras la muerte de mi abuela paterna. El instituto fue otro infierno, una sentencia carcelaria llena de bandas, bándalos, migrañas y mucha ansiedad. Repetí segundo porque en ese entorno hostil me era imposible centrarme en lo importante si primaba mi supervivencia. Y fui víctima también de una profesora que en su primer día de clase nos dio un discurso sobre lo complicado que podría ser el curso y que podríamos dejarnos alguna asignatura para septiembre que no pasaba nada. Como se me daba fatal inglés, hasta el punto de sentir ansiedad cada vez que la profesora entraba por la puerta hablando aquel idioma que desconocía, me sentaba al final y pasaba el rato escribiendo poemas o textos. Ella me puso un 1 "porque no me podía poner un cero" y cuando alegué su discurso me dijo: "ya, pero es que te has dejado la mía". No entendí la egoista ironía de sus palabras, pero cuando escribí un texto quejándome de ella, ella amenazó con expulsarme. Esa fue la primera vez que me corté. No podía soportar que por obedecer a una profesora la culpa fuese mía, que por escribir una verdad se me castigase tan severamente, que tras años sobreviviendo en el sistema educativo se me condenase. No sé cómo llegué vivo a graduarme, supongo que porque encontré a un buen compañero que me ayudó a superar los obstáculos académicos y unos docentes que supieron darme la ayuda que necesitaba. Gracias Manuel (compi), Polanco (Mates), Chelo (Biología), Orlando (Biología), Javier (Literatura) y Fernando (Tecnología). Supongo que es gracias a ellos por lo que me apasiona tanto la ciencia. Pero para entonces ya estaba perdido, ya no podía ser ese médico neurólogo que había querido ser desde el colegio, solo me quedaba el refugio tecnológico así que pasé del bachillerato y cursé el Técnico Microinformático que mucho más tarde me daría trabajo. Tras un error, cometí otro: y lo intenté con programación, pero fue el peor año académico de mi vida. Algunos de mis compañeros me veían raro, otros peculiar, y otros se enfadaban porque me saludaban y yo no lo hacía, no podía. De hecho, yo iba a estudiar electrónica, pero me abrumaba tanto el instituto donde me admitieron para ello que me refugié en el conocido, y daría mucho por volver y tomar la decisión valiente. Tras varias consultas con la psicóloga logré habituarme a la ansiedad y obtuve fuerzas para matricularme en un instituto de Madrid y lograr ser Técnico Superior de Iluminación y fotografía. Creí que esos eran los mejores años de mi vida, pero lo que ahora comprendo es que fueron los años en los que me perdí, me enmascaré, y descarrilé. Todo lo que vino después es un fraude. Quizá no todo, pero casi. A partir de 2014 comencé a convertirme en otro, en aquel que la sociedad neurotípica pedía, pero sin saber serlo, ni poder serlo. Y por eso fallé tanto, y a tanta gente.

De haber sabido que era autista en la infancia, hubiese afrontado el instituto de otra forma, la vida de otra manera. Pero ya no puedo cambiar eso, son grietas en un edificio que intentó levantarse con los cimientos equivocados y sin planos. Ahora no puedo demolerme, y la reforma es seria, pero no me reconozco, no me siento, no puedo seguir como si nada. Además estoy enfermo, y no poco, la vida me arrebató la correcta audición, visión, metabolismo... Me voy perdiendo poco a poco, justo ahora que empezaba a encontrarme.

¡Muchas gracias!

Si quieres puedes leerme directamente en tu email

¡No envío spam! Lee la p... política de privacidad para perder tu tiempo..

error: ¡¡El contenido está protegido!!