Duermo a su lado de nuevo, y me siento como un hombre en quince años de matrimonio. La miro, con la cabeza apoyada en la almohada y la vista fija en la pantalla de su maldito teléfono inteligente, que deben llamarse así por toda aquella inteligencia que devoran. Y es que miro su boca, su nariz, su cuello, iluminados por los diferentes colores que emite la pantalla, en sus pupilas se refleja la respuesta a todas mis preguntas, y el veredicto de todas las tácticas, fallidas.

Estaba claro, esa noche, como la anterior, no iba a haber beso, y todos los capítulos de Valeria no son más que la basura consecuencia de las novelas eróticas actuales que de actuales tienen lo mismo que de romántico Tinder.

Y aquí estoy, acariciando un teclado esperando sacarle más que a su cuerpo. Rindiéndome ante la única de las posibilidades viendo como en la cama revolotea un “hasta nunca”.

Empiezo a entender la envidia que se le tenía a Lope en aquel siglo de oro, entiendo incluso hasta la misoginia de la época. Y es que en la evolución humana hay un error pues, los animales son seres de instintos, sin una construcción social basada en decisiones racionales. Y entonces, porqué sigo sintiendo un deseo cuando ni saciándolo he logrado que desaparezca. El apetito sexual es un lastre en una época en la que la descendencia ya no es una prioridad. Y ojalá algún día me siente a ver Netflix con la persona con quién comparto vida sin que al mirarla me cambien los ojos. Si soy humano no quiero ser animal, pues quiero tener la cabeza libre de dominios heredados e innecesarios.

Y vuelvo a verla en mi cama, a lo lejos, porque ella, la misma que siempre ha tenido la libido por los aires, la enterró conmigo.

Ella, que es la droga a la que me enganché y que no se compra ni se receta, y que mata cuando no consumes. Ya ves, duele más el mono que la dosis.

Alguien me dice que esta noche no voy a dormir, y que debo ponerle fin a este teatro alternativo en que siempre intento improvisar, pero que el resto del elenco tiene claro no salirse del guion.

Lo intenté, y hace años que me desenamoré, que dejé de quererla, pero no de necesitarla. Maldita dependencia.

No quiero volver a no dormir a su lado pudiendo no dormir soñando con estar a su lado, pues al menos evitaré oír a la serpiente que me incita.

Tal vez deba escribir una novela de terror, matarla, enterrarla y pasar de página.

Pero ese no sería un titular diferente, y más que una solución es otra manera de condenarse el alma.

Se acaba el folio y tengo una mitad de la cama esperando que la de la espalda.

Espero que en mi nueva vida no quede lugar para el deseo, que todo sea trabajo y más trabajo, tanto que llegue a casa echando de menos la cama y la almohada a la que dejaré de abrazar a medida que se me pase la costumbre. Y quizá algún día crecerá de mí un árbol fuerte, en mitad de un desierto, solo. Y así al pasar por la carretera podrán señalarlo y decir: “¡Mira, qué raro!”

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