He mirado atrás y tenías razón LMFC, pero no te lo diré porque me bloqueaste, porque ya es tarde, y porque da igual.
Renuncio. Desisto.
La soledad es más compatible y sencilla que la sociedad, y a estas alturas paso de saltar de nuevo.
Ermitaño sustituto del bohemio que nunca fui.
Me marcho, y deshecho estos cuadernos de espiral que no paran de girar para volver a caer en la misma historia.
Empiezo de cero como quien resucita tras la condena. Si, me comparé con dios porque no creo en él, ni en mí. Y se acabó el parecido.
Parto al templo de la luz para encontrar el camino o quemarme, pero alejado de las sombras que me enfermaban. Voy con la mente puesta en el éxito intelectual, profesional y académico, nada más. Voy para cambiar de ruta, de derrotero, de puerto, de órbita. Despegar.
He mirado atrás y no quiero restaurar ninguno de los backup. Prenderé fuego a los servidores y montaré un nuevo CPD a prueba de bugs, phising y spyware. Y todo ese malware con nombre de persona. Y no pienso darme ni la contraseña por si la tortura vuelve a debilitar mi código.
Voy a reinstalar el sistema operativo, quizá lo sustituya por un ábaco sin posibilidad de intrusiones no deseadas ni detectadas. Y es que el problema no es la máquina sino quién la opera. Siempre fue más fácil espiar al humano que a la computadora. Porque un conjunto de bits no tiene sentimientos con los que jugar, ni métodos para detectar alteraciones en el código. Así que me pongo en modo a prueba de errores para hacer limpieza, el modo seguro, vuelvo a la época del microfilm y los secretos de estado. Invierto en contraespionaje y me grabo a sangre defenderme de cualquier enemigo sea ajeno o yo mismo.
Renuncio a tanta inteligencia artificial a costa de perder la propia.
Y nunca más volveré a decir «te amo» ni «te quiero» porque suelen acompañar a un «-extraño» sin «te-«.
Corto y…
a cambio de nada. Por todo.