Este mes he descubierto muchas cosas.
Hace días me llevé una sorpresa, no diría buena, cuando rellenando el inventario de depresión de Beck (BDI, 1994) que me mandó la psicóloga descubrí que esa semana no había tenido pensamientos de muerte ni suicidio. Algo inusual, pero parece que enero empezó más optimista de lo habitual. Quizá estaba tan centrado en la universidad, en la salud, que no me paré a pensar en mis sentimientos más profundos.
No lamento desilusionaros, pero tan solo dos días después de enviar ese cuestionario, los pensamientos aparecieron claros, nítidos y familiares. Quizá todo empezó cuando decidí descargar y ver la película de 1995 «Hackers. Piratas Informáticos» que aunque de realidad tiene poco, es más bien una alucinación noventera protagonizada por Angelina Joli al estilo no binario jajaja curioso para una peli seudoinformática jijiji. Total que después de verla, empecé a pensar en mi pasado, en lo mucho que me gustaban los sistemas informáticos y lo que hubiese sido de mi vida de haber tenido claro ese camino. Es decir, si me hubiesen diagnosticado el autismo antes, quizá no hubiese intentado «normalizarme», quizá hubiese comprendido que una habitación llena de aparatitos y pantallas era un lugar tan normal para mí como lo es un antro repleto de gente, ruido y suciedad para aquellos que viven su máximo de madrugada.
Pese a que salí del grado medio queriendo aprender más, incluso acudiendo a academias para sacarme el LPIC y dominar Linux. No tenía dinero porque nunca trabajé. Por aquel entonces sufría «fobia social» y aunque logré plaza en un instituto de Alcalá. Un lugar enorme, lejano y desconocido que me imponía. La rechacé para sufrir el peor año académico de mi vida en el mismo instituto de mi municipio donde cursé el grado medio. La programación web no fue lo mio. Cuando no entiendes nada y no puedes preguntar por temor, cuando ciertos profes te parecen lejanos y provocan desconfianza, te vas haciendo cada vez más pequeño. Y aunque mis notas en la parte de sistemas eran buenas, fracasé en las dos asignaturas de programación (Java y PLSQL). Si hubiese tenido el valor, o la explicación de por qué se me hacía un mundo salir de mi mundo conocido, quizá hubiese ampliado un poco mis horizontes para ir al Clara del Rey a cursar ASIR, al que fui a visitar para informarme, o quizá al municipio vecino de Coslada al IES Luis Braille donde también lo imparten. Y entonces, quizá y solo quizá, hubiese terminado con un grado superior de administrador de sistemas que me hubiese permitido optar a puestos más altos, con menos personas y más máquinas y un sueldo algo más alto. Pero sobre todo, no me hubiese perdido en un salvavidas que acabó arrastrándome.
Sí, la fotografía y el vídeo eran el medio de comunicación que usaba en ese momento, cuando terminaba las clases de informática cogía la cámara y paseaba con ella para documentar aquello del mundo que me parecía relevante. Y eso me hizo tropezar en el camino. Pues cuando salí de programación jodido, enfermo literalmente, pues ya estaba en pruebas de mi cardiopatía y en tratamiento psicológico por la ansiedad social, solo se me ocurrió, animado por mi psicóloga, salir al mundo hacia algo conocido y seguro. Así fue como acabé en aquel grado superior de imagen que, aunque creí que fueron los dos mejores años académicos de mi vida, ahora no lo tengo tan claro. Es cierto que rompí barreras, que estuve dos años viajando a Madrid para estudiar en un lugar nuevo. Todo un logro social. Pero no salí con amigos de allí. No salí mejor persona. Salí con la falsa sensación de que sabía cómo integrarme, pero lo cierto es que fue mi monotropismo lo que tuvo éxito. Y lo peor de todo es que estaba tan cegado en ese túnel que, tomé la decisión más equivocada de toda mi vida.
Desde el instituto siempre pensé que la universidad no era mejor que la FP, y que salvo un par de títulos contados la mayoría de las profesiones son más técnicas que universitarias. Por eso no hice bachillerato y disfruté notablemente la FP, de hecho, cuando miraba grados superiores de informática o electrónica no pensaba ni de lejos en una ingeniería. No quería pasar el día entre ecuaciones cuando en la FP cacharreaba y resolvía incidencias con práctica. Pero como siempre había estado fascinado por el Sistema Nervioso, queriendo ser médico neurólogo en primaria y psicólogo en secundaria, pensé que si accedía a un grado superior, luego podría cursar psicología en la universidad. Y así lo planeé. De hecho, cuando me metí en programación, mi lógica (errónea) era que así cuando fuese psicólogo podría crear una web donde ofrecer servicios asequibles para todos. Craso error.
Resulta que salí tan emocionado del grado superior de imagen que quería quedarme allí para siempre, así que pensé que podría ser profesor. Nunca había tenido claro a qué iba a dedicarme, siempre pensé en qué estudiar, pero nunca de qué trabajar. Así que por primera vez me di una respuesta (errónea). Miré qué titulos permitían ser profesor de FP de audiovisuales y tras descartar el complicado grado de ingeniería, me conformé con un suave y ligero grado en comunicación. Antes de eso, acudí a TAI a preguntar por el Grado de Fotografía, y tras comunicarme el precio de más de nueve mil anuales, lo tuve que descartar. Comunicación en UOC me permitía reconocer casi un año entero, además al ser online no tenía que ir a ninguna parte y resolvía el problema del mundo desconocido, las rutas de transporte público, los horarios, y, sobre todo, la compatibilidad con un trabajo para poder pagar su razonable matrícula de unos dos mil anuales.
Por ironías de la vida el trabajo que conseguí fue de informático, sí, después de haber cerrado esa puerta y dejarlo en el olvido, aquel título de grado medio fue lo mejor de mi curriculum. La primera semana ya quería dejarlo. Era una empresa elitista, llena de gente con mucho ego y poca empatía donde se trataba a los técnicos como basura reemplazable. De hecho, el contrato de formación y los 800 euros mensuales por una jornada de 40 horas en turnos rotativos de 7 a 23 y guardias algunos fines de semana ya lo decía todo. Pero era la Compañía Logística de Hidrocarburos, así que si no eras petróleo, no eras nadie. Aguanté cuatro meses porque mi hermana me dijo que tenía que aguantar, y me intenté convencer de que la realidad era así. Un empleo donde todos se creen mejores que tú, donde la presión no es para convertirte en diamante, solo para que revientes, y donde solo cogen, nunca dan. Así que una semana antes de mi cumpleaños dimití. Esa fue sin duda la mejor decisión de mi vida. En esos cuatro meses ahorré suficiente para dos cosas, la universidad y una deseada cámara nueva. Pero lo mejor de todo es que una semana después mi teléfono sonó para un puesto nuevo. Las condiciones eran muy dignas y el puesto muy interesante. Pasé casi tres años trabajando en una empresa de seguros con nombre propio mientras sacaba el grado universitario. Todo era mucho más sencillo. El jefe pasó de imponer los primeros días a ser casi como un compañero más. Los compis eran amables e incluso los técnicos de nivel superior te trataban con respeto e igualdad. No había malos rollos, ni roces, íbamos todos a trabajar y hacerlo lo mejor posible. Nos ayudábamos entre todos. Era un clima muy seguro. Eso no quita que prefiriese comer solo en el comedor y evitase las charlas baladís. El entorno no era hostil, y eso me bastaba para hacer bien mi trabajo. Llegaba puntual, iniciaba sesión y resolvía incidencias una tras otra hasta la hora de irme. No era el mejor, pero hacía el trabajo lo mejor que podía y sabía.
Al final acabé quemado por circunstancias de la vida y abandoné ese estupendo curro para escapar de una situación nada agradable y una relación tóxica que había convertido la existencia en un naufragio. Perdí la cercanía de mi madre, la estabilidad que tenía en Madrid, de vista los planes, perdí mucho más de lo que gané con el cambio, aunque en aquel entonces no pudiera verlo desde las profundidades en las que me encontraba.
Habéis llegado al inicio de este blog. Podéis seguir mi aventura en Valencia navegando entre las publicaciones. Pero en resumen, me fui justo cuando terminé el grado. Y aunque mi siguiente planeado paso era sacar el máster de profesorado y opositar a docente de FP, tal como quería y vi claro años atrás. Mi nueva situación laboral y social no lo permitió, así que perdí un año estudiando otro máster que no terminé. Y otros dos estudiando un máster en fotografía artística que me vaciaron más de seis mil euros. Por el camino mi dinero se fue en cámaras, flashes, equipo fotográfico, audiovisual, cursos varios que no sirvieron de nada. Y mi acierto más necesario, el Macbook Pro M1 Max de 16″ que compré en 2021 y lleva acompañándome desde entonces. Tanto abandoné la informática que acabé en MacOS jejeje.
Seguro te preguntas a dónde quiero llegar con este resumen. Pues bien. Mi hipótesis. Si hubiese sido diagnosticado de autismo en la adolescencia, en lugar de fobia social. Hubiese podido comprender que no tenía que normalizarme, que soy diferente y el mundo es el que es, que mi mente funciona de una manera única y podría conocer mis límites, mis ventajas, mi DAFO en su totalidad real. Ahora sé que para mi mente, haber cursado ASIR hubiese sido tanto o más enriquecedor que el ciclo de Imagen. Pero no me hubiese perdido en un sueño que se ha hecho trizas. Hubiese trazado una linea similar, pero más recta. Imagina que, en lugar de cambiarlo todo, solo cambiamos los estudios. Terminaría ASIR y acabaría quizá, supongamos, en el mismo puesto de técnico de primer nivel. Pero en la empresa ética. Hubiese pasado años haciendo lo mismo, pero tendría muchos más conocimientos para hacerlo mejor, e incluso, quizá, hubiese podido optar a puestos de nivel dos si hubiese vacantes porque se me consideraba buen trabajador en la empresa. Hubiese podido cobrar más, alejarme de la atención telefónica o quizá no, pero lo importante es que la trayectoria académica no habría cambiado. En ese tiempo habría estado cursando psicología en lugar de comunicación, eso me habría permitido no meterme en aquella relación tóxica, y obtener herramientas para mi día a día y mi neurodiversidad. Y así, en Madrid, en el 2022, me hubiese graduado en psicología, con bastante dinero ahorrado al no gastarlo en fotografía, y sin alejarme de mi madre, pudiendo ver nacer a mi sobrina e incluso, y esto ya es a toro pasado, pedir una hipoteca justa de algún pisito pequeño suficiente para mi paz mental.
Con este escenario que pasó por mi cabeza tras ver esa puta película empezó la disonancia cognitiva, la comparación, el kernel error, el fallo que hace que mire mi pasado con culpa, con odio, con violencia, y no pueda pensar más que en cómo yo mismo destrocé la vida que podría estar teniendo ahora. No como psicólogo, quizá hasta en el mismo puesto que tenía. Pero al menos habría sido fiel al niño adolescente que pensó que estudiar periodismo era una basura, que la universidad no da trabajo, porque nunca me lo ha dado. Y no hubiese dejado virar mi vida por una afición absurdamente cara que se ha llevado todo mi dinero sin traer nada bueno a cambio. A excepción de esos viajes por España y ese tour inolvidable. Anécdotas que no cubren la oscuridad de una vida que no siento mía, sino ajena.
Así que sí, el jueves no pensé en el suicidio, pero sí en la muerte, no en hacerlo, pero sí en el alivio de no existir. No sé todavía si soy una persona con autismo, pero sí tengo claro que soy mi propia fusta, mi propio verdugo. Y de haber tenido esa vida, tomado esas decisiones, incluso manteniendo lo ajeno igual, habría pasado muchísimo más tiempo con una madre a la que no dejo de echar de menos, y en falta. La única persona con quien no tenía que actuar, que podría ser yo con mis excentricidades y mi autismo. Esa madre tan similar que era perfecta. Casera, como yo. Sin amigos que invitar a casa a hacer ruido. Viendo series en el sofá hasta caer dormidos. Disfrutar con desayunos tan simples como un zumo y unas tostadas. Salir solo para comprar y poco más. Dos gatos. Solo dos gatos. Y ahora me agota ronronear solo.
Anoche dormí más de doce horas y podría seguir durmiendo ahora sino me hubiese dedicado a escribir esto.
El sábado por la mañana se me cerraban los ojos en el sofá de mi hermana. Ella, olvidando mi situación y el contexto, exclamó que si no había dormido suficiente. Y yo dije «la vida es muy cansada». Para abreviar la razón que me tenía en ese estado de profundo agotamiento. Si como te he contado ya el jueves estaba en depresión por mi precipitada vida equivocada. Resultó que el viernes me tocó perder 3 horas de mi vida para ayudar a un familiar. ¡3 horas! Son muchas horas para algo que debería haber sido resuelto en 10 minutos. Repito, no tengo aún el diagnóstico de autismo, pero ser esclavo de otro durante tanto tiempo, rompiendo tus horarios, tus planes, tu agenda, y viviendo la incertidumbre, es un estresor que te deja en ahorro de energía. Después me corté preparando las patatas de la comida. Y para colmó el retraso me hizo perder de vista el horario y me olvidé de guardar el deshumidificador que pongo en el cuarto de la colada para evitar ese molesto olor y humedad que provoca la ropa tendida, entonces el padre de mi hermana llegó y lo descubrió, y yo lo guardé mientras le expliqué la razón por la que ponía dicho aparato cuando la ropa estaba tendida. Ya sabía que ese error iba a traer consecuencias, pero no acerté cuáles. Ese viernes fue agotador, tanto que me costó muchísimo dormir por todo el cortisol que tenía navegando por mis venas. Desperté el sábado y desayunamos mi hermana, mi sobrina y yo. Como no pude ducharme el viernes, por esa irrupción en mis planes, fui tras el desayuno a casa de mi madre, difunta. Al entrar me encontré el aparato deshumidificador en el salón, el mismo salón apestoso y tóxico donde el padre de mi hermana fuma egoístamente. Mi reacción lejos de ser una pataleta o rabieta estaba muy justificada: gritos, golpes. La rabia reprimida todas esas horas salió mientras guardaba ese aparato en el sitio donde debió haber estado. Al volver a casa, cansado, mi hermana pronunció su frase.
En el contexto de un posible adulto autista, con una enfermedad sin diagnosticar que le ha dejado sin el control de su vida, sin poder trabajar, sin ingresos, sin música, sin placeres audiovisuales, sin comunicación efectiva… Viviendo en casa de su hermana y refugiándose solo cuando es posible en su habitación de casa de su madre… Que el INSS pasé de ti, que la Seguridad Social pase de ti, que la Sanidad Pública sea tan lenta que no ayuda, que hayas vivido toda tu vida con diagnósticos erróneos, que no puedas vivir por ti mismo en la actualidad, y que te caigan compromisos que no puedes asumir, pero lo hagas porque tu lógica lo impone. Duele, duele de una forma tan interna que es invisible. Pero agota. y si encima tus posibles baterías celulares están rotas, es como vivir al 1% constantemente.
Si todo hubiese sido como debería: Grado Medio SMR > Grado Superior ASIR > Grado Universitario Psicología + trabajo de informático > ¿Máster profesorado > Orientador Escolar?
Quizá ahora seguiría sin tener madre, ojalá también eso hubiera resultado distinto, pero al menos, quizá, no estaría enfermo yo, suponiendo que mi exigente y depresiva vida en Valencia desencadenase mi enfermedad. O quizá habría resultado igualmente enfermo pero con ahorros o hipoteca de piso propio. Un lugar propio donde evadirme del mundo, de los ruidos, de los olores, de los estímulos, de la culpa, de lo ajeno, de la vulnerabilidad.
Las psicólogas de mi adolescencia intentaron que saliese de mi burbuja, para los autistas nuestra burbuja es tan necesaria como respirar, y ahora la mía está llena de fugas por culpa de intentar romperla cuando solo me protegía.
El sábado llegué del parque con mi sobrina, agotado, porque un parque es un lugar impredecible. Lleno de niños impredecibles, de padres negligentes, de objetos y elementos potencialmente peligrosos para un ser altricial a mi cuidado al que quiero dejar desarrollarse pero del que temo se accidente. Llegué tras muchas horas de ruido acumuladas, pero al menos pude cenar controladamente un pan ya cortado, con un aceite bien colocado y relativa paz. E irme a dormir temprano con la cabeza entre dos almohadas y el cuerpo bajo un edredón que por primera vez no me hacía sudar, sino flotar en una nube donde eliminar todo ese malestar.
Hoy domingo me despertó mi sobrina después de más de doce horas durmiendo, algo importante cuando por lo general mi sueño es fragmentado. Pero hubo una sorpresa y la casa se llenó de ruido con bebés y madres y no había lugar donde refugiarme ni almohadas cómodas. No he comido porque el ruido mental no me permite tomar decisiones. Solo quiero huir, pero es domingo y «no podemos cambiar el muerto», frase propiedad de mi hermana. Lo que quiere decir que no tengo una madre viva con la que refugiarme en una casa burbuja. Y aquí estoy, en una habitación prestada, escribiendo, sabiendo que todo esto solo puede ir a peor.
Sigo sin dinero, y, por tanto, sin posibilidad de rentar nada donde aislarme cuando todo se vuelva inhabitable.