Empezamos el año como empezó el pasado, no, peor.

Porque este año llevo meses sin cobrar la prestación por incapacidad temporal después de que me denegasen la permanente. No, no hablo del peinado, sino de la tomadura de pelo de la inSeguridad Social que manda a trabajar a personas que no pueden. Y como el INSS no da su brazo a torcer, son otras quienes se lo rompen.

El caso es que empiezo el año con poco más de cien eurazos en la cuenta corriente, que se llama así porque tal como entra acaba saliendo. Tengo otra de ahorros, pero no me darán una hipoteca con ellos, ni tampoco para el tiempo de alquiler en que dure esta agonía. Así que como los planes de los bancos no dan para mucho, invierto un poco en el Euromillones a ver si algún día me toca más de los menos de 20 euritos que me ha llegado a tocar alguna vez. Si el dinero no da la felicidad se le parece bastante.

En mi cumple de los 28 pedí que alguien no muriese, en el de los 29 que alguien muriese, y visto que ninguno se cumplió a los 30 no pedí nada. Total. Para el caso que le hacen a mis deseos.

He tenido que descartar la idea de sacarme el carné porque aunque pasase el psicotécnico me lo iban a acabar retirando, así que eso que me ahorro. Descarté la bicicleta por fatiga, no me da ni para pedalear cuesta abajo. Y el patinete no es una opción dadas mis rodillas destartaladas. Y como nada de lo que pido se cumple, miré scooter de esas para personas mayores, pero alguien dice que para lo que salgo de casa… que renta más pedir la compra.

Y sería cierto, si tuviera una casa donde pedir, obvio. Incluso, si pudiese escuchar el timbre. ¡Que por algo pido el Amazon al locker del súper! Que mucha tecnología inútil como que el televisor te avise de que terminó la lavadora, pero anda que ponen de serie telefonillos con luz o con notificación al móvil. ¡No! Eso se paga a parte, como todas las herramientas de accesibilidad.

Total, que no tengo casa propia. Que nunca la tuve. Pero el contraste es que me fui de Madrid y, aunque compartía piso en Valencia, tenía la libertad absoluta de hacer lo que me saliese de las narices. En esa casa casi ni nos relaccionabamos más allá de vernos cruzar el pasillo o coincidir en la cocina. Cada uno con su vida. ¡Gloria! Esa casa era estratégica, porque para ir de la cocina a la habitación no había que pasar por el salón. Así que uno podía salir del cuarto, hacerse la cena y volver al cuarto a cenar sin encontrarse con nadie con mínima suerte. ¡Ideal! No es el caso de la casa de mi madre donde además de tener obligatoriamente que cruzar el salón, también se pierden alveolos por el camino.

Total. Que cuando la casa se llena lo único que me queda es retirarme. Y no es que me guste ir a un bar a que la camarera no me entienda, a oír los golpes de la cubertería y el murmullo de los clientes. Pero me gusta la comida, las vistas, y el plato. Sí, el plato que he estado tentado de sustraer todas las veces. Ir a ese Urban Poke significa recorrer 2,5 Kilómetros pendiente arriba y llegar fatigado y hecho mierda. Pero después, después de pasarlo mal al pedir a la camarera a la que no oigo porque tiene siempre un hilo musical horrendo, me siento en la mesa más alejada posible de la cocina y me tomo con calma ese suculento bol de doble de arroz sushi con salsa de soja acompañado con garbanzos, pepino, zanahoria, edamame, aceitunas y tenkasu. Sin agua ni nada, que bastante se me escapan ya esos 14 euritos.

Ir a ese local a comer poke es como el recurso cuando no tengo ni me apetece ir a otro lugar. Allí no me juzgan, ni me miran raro, bueno cuando me repiten tres veces lo mismo igual algo raro me miran, es la discapacidad invisible de la sordera, que descoloca. Pero es una hora en la que estoy solo conmigo mismo y no me siento tan mal.

Pero eso, ahora que ya no hay bus gratis SE7 implica un paseo agotador de ida, ya que la vuelta es cuesta abajo y no cansa tanto. Implica saber que son 14 euros que se van, el precio que pago con gusto.

Que ya me gustaría a mí poder hacerme con un hogarcito de, ¡qué sé yo! 20 o 30 metros cuadrados ¡No pido más! Si he pasado años en una habitación de 8 metros cuadrados. El problema nunca ha sido el espacio, sino las restricciones y los precios. Y por eso lamento que hace unos años se vendiese un local por un precio decente y fuese otro el que se haya hecho su minúsculo remanso de accesible paz. Quizá no legal del todo, pero qué importa eso.

Ser humano es condenarse. La vida humana son reglas, impuestos, infelicidad crónica. Vivir es un gasto, pero resulta que morir, también. Menudo sistema se han montado para que, estés como estés, te siguen sacando lo que no tienes. Hasta la poli va a los bancos del parque a joder al mendigo. Seguro que con la buena intención de prestarle auxilio. Pero quizá después de haber tirado la puerta de una casa donde vivía.

Y es que me toca los cojones que en idealista haya cientos, miles de viviendas «ocupada ilegalmente», pero que las que no tengan tan inflado el precio que lo que dan son ganas de ocuparlas. Que la vivienda es un derecho constitucional, no un puto negocio. A mi no me dan mis 20 metros de tranquilidad accesible. Pero me obligan a seguir en un mundo que me exige y me exige sin nada a cambio. Si tanto os va la meritocracia: Mi mérito es vivir.

Total, que empiezo este 2026 con las mismas ideas que llevo teniendo estos meses, que es la única manera de que el habitáculo lo pague otro: el único seguro que me acepta mientras viva. Y barato saldré porque donaré mis restos.

Total, que por mucho que salga el único político honrado dando hachazos a los demás, el sistema permite que un inversor compre un terreno para construir viviendas de alquiler. Es decir, ya pensando de antemano en enriquecerse.

Y la gente sigue trayendo hijos a este mundo. ¡Insensatos! Que bien visto está traer vida y qué mal te miran cuando lo que pretendes es quitarte el sufrimiento.

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