Hoy hace un año que mi madre ingresó en un hospital para no salir de él con vida. Y yo me siento culpable por haber malgastado la mía y por no haberla salvado.

De haber tomado otras decisiones y haberme esforzado quizá hubiese tenido las herramientas y conocimientos para que hoy estuviese desayunando conmigo, pero lo único que hice siempre fue dejarme llevar por la fácil para no llegar a ninguna parte.

Dicen que lo importante es el camino y no la meta, pero cuando miro atrás solo veo distancia, la separación y disonancia entre lo que he deseado ser y lo que soy ahora, entre lo que soy y lo que tendré que corregir mal y tarde para arreglar este desastre.

Recuerdo nítidamente estar sentado en aquel sofá naranja junto al radiador y la ventana estudiando al lado de mi madre antes de que empezase Hospital Central, y también cómo mi madre me preguntaba el temario en los anuncios. A ella le gustaba el corazón y a mi el cerebro y ninguno somos médicos. Ella no pudo estudiar y yo lo vi tan difícil que me rendí en segundo de secundaria. Me fue mucho más fácil arreglar ordenadores; estudios que me saqué sin esfuerzo y profesión que desempeñé tranquilo.

Pero incluso en ese camino seguía teniendo presente la psicología, y me metí en Desarrollo Web porque pensé que con esa FP podría acceder al Grado de Psicología. Pero resultó que al igual que el inglés, los lenguajes de programación no son lo mío y mi plan de aprovechar eso para, además, crear un servicio web accesible para que cualquiera pudiera acceder a terapia se frustró y tuve que encontrar una opción sencilla que me permitiese el acceso a la universidad. Y ahí me perdí para siempre.

La fotografía fue la mayor catástrofe de mi vida. Le he dedicado más de diez años y no solo he perdido el tiempo y la juventud que podría haber empleado estudiando neuropsicología, también destiné tanto como gané en utensilios que no fueron más que juguetes caros para un adulto que no quería dejar de ser niño.

Y ahora este niño no tiene madre y sus veintinueve años le duelen tanto como su corazón roto y su sistema nervioso corrupto.

El día 11 de julio del año pasado vi morir a mi madre en mis brazos. La reanimaron sí, pero solo alargaron su agonía. Este año ese día empiezo mis exámenes y auguro para mí un castigo retroactivo. Ya que de las seis asignaturas que tengo, solo una me apasiona, de la que me examino el 16 de julio, el día que mi madre murió definitivamente.

Aún no sé qué enfermedad tengo, quizá, aún esforzándome de verdad y aprobando esos exámenes no llegue a ser neuropsicólogo, o quizá mi cuerpo me traicione antes igual que a mi madre le impidió seguir respirando.

Sé que si hubiese tomado este camino hace diez años hoy sería neuropsicólogo. Y quizá mi madre seguiría a mi lado porque habría podido salvarla. Quizá no se habría expresado mi enfermedad y seguiría disfrutando de Antonio Orozco y Pablo López.

El problema es que tengo veintinueve años, soy huérfano, estoy enfermo y tengo herramientas en la mochila que más que ayudar, me pesan. Se me clavan y hieren.

Quizá ya no pueda sacarme el carné de conducir, quizá no llegue a ser ni tan siquiera psicólogo y desde luego que jamás tendré una vivienda propia. Puede que el INSS me devuelva al fango laboral y yo solo veo a un inútil ante el espejo. Un desperdicio, único, sí, pero invalidado. Incapaz. Lo único que podría desempeñar ahora es justo lo que estoy haciendo, escribir, algo que siempre he hecho en las tragedias, pero la habilidad y creatividad también la perdí al hacer hueco en la mochila para las cosas que hoy no me sirven.

Tal vez, si la sentencia de ese tribunal me motiva lo suficiente sea capaz de hacer algo con la profundidad y desempeño necesario, con el valor y valentía que no he encontrado nunca. Tal vez así, sepa lo que es terminar una serie que protagonizas.

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