Cada vez que abandono el Hospital me pongo enfermo.

Si eres lector asiduo de este blog ya sabrás de mi infelicidad crónica, pero en este capítulo te quiero contar lo que me sucede cada vez que paseo por los amplios, luminosos y blancos pasillos del Hospital Universitario del Henares, aunque podría trasladarse a los antiguos, estrechos, lúgubres y abarrotados pasillos del resto de hospitales clásicos, aunque menos incisivo.

Cuando me hayo allí, en aquel espacio visualmente atractivo, limpio, amplio, me siento como un pez en el océano. Camino y me cruzo con jóvenes adultos portadores de batas blancas felices y con el cráneo lleno de conocimientos de los que salvan vidas. Luego entro en algunas consultas, pocas, pero reseñables, y me enfrento a adultos sin vocación para los cuales no supones atención y cuya aspiración parece ser despacharte antes de obligarle a hacer horas extra impagadas. También me encuentro con técnicos vestidos de azul, verde o gris que muy amablemente me ayudan a depositarme en los diversos aparatos de imagen para el diagnóstico. O esas enfermeras que te cuidan cuando ingresas, o te sacan sangre con una sonrisa y absoluta empatía en la sala de extracciones. Luego están las administrativas que te gestionan amablemente. Eso siempre y cuando no entres por Urgencias. Ese sitio oscuro y comprimido donde uno es acumulado en la sala de espera con una pulsera que lejos está de ser un todo incluido y, si tienes la suerte de pasar pronto a valoración, te espera un ser de verde que te pregunta, te resume, y te devuelve a la desesperanza. Lo peor llega después, cuando entras a esa sala de agudos donde bailas entre el ruido de las máquinas y el quejido de los pacientes más cercanos a la línea recta. Básicamente te aparcan donde queda sitio hasta que el médico aparece y te examina con la misma rigurosidad que un test de revista popular. Para, en el mejor de los casos ingresarte, en el peor hacer un precoz y puede que incorrecto diagnóstico y devolverte a la civilización, o, someterte a una radiación gratuita con los amables técnicos de imagen para acabar con la misma idea pero con una elevada probabilidad de sufrir tumores. Por eso me gusta más la entrada que no corre prisa. Tardas años en ser invitado, pero recibes luz y mejores vistas.

El caso es que cuando paseo por el Hospital, me pongo enfermo. De algo que no se puede medir con ningún aparato, que no se puede registrar. Y de lo que curiosamente no hay consultas. Pasear por el hospital me da ganas de morirme. Porque me recuerda lo que no tuve valor de ser, el sitio donde no puedo trabajar, el lugar al que no pertenezco por mediocre. Y si bien podría estudiar el Grado Superior y hacerme Técnico de Imagen en un par de años. ¡Ya es tarde!

Por eso cuando voy al Hospital no quiero salir, porque cuesta tanto entrar… Y duele tanto dejarlo atrás sabiendo el tiempo que pasará hasta volver, que eso me enferma.

Podría hacer un estudio sobre si mi decadente presente se debe a causas genéticas que me predispusieron mediocre, si fue por causas sociales, psíquicas, o simplemente, porque así fue. Porque soy un débil, vago y cobarde incapaz de hacer frente a retos. Y que cuando avista piedras en el camino, cambia de rumbo en lugar de atravesarla o intentarlo.

Sea por el motivo que sea. No poseo una de esas batas blancas, y aunque admiro la gestión de los administrativos que también las portan, eso sería como ir a la playa y quedarse en la arena viendo pintar a las olas.

Por tanto, como ya dije en escritos pasados, ¡qué adecuado sería borrarme! aunque dejase el borrón sobre este papel que me ha tocado interpretar en cuyo guion caerán las lágrimas del resto del elenco.

Gracias por leerme

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