Siempre me han dado igual las ciencias sociales porque siempre me ha importado cero la sociedad. Aquella que no comprendía y no buscaba comprender, solo huir, pasar desapercibido. Por eso estudié ciencias, por eso me hice técnico informático, por eso salía a pasear con mi cámara a capturar paisajes, sí, urbanos porque vivo en la ciudad, tratando a personas como meros objetos compositivos. Pero un día, o un tiempo, no sabría fijarlo con claridad, la tecnología requería un nivel de matemática que yo no comprendía, y mis conocimientos solo me permitían trabajar al servicio de la sociedad. Una sociedad que no sabe de tecnología, pero que cree saber solo porque la usa. Y que no aprecia la existencia de ésta que hace más fácil su día a día, pero si la maldice cuando se rompe y les convierte en seres obsoletos que no agradecen a los técnicos cuando les devolvemos a su presente hiperconectado sin el que no pueden vivir.
Me quemé sirviendo a trabajadores desagradecidos a los que bien les vendría volver al lápiz, papel y archivadores a ver qué productivos se vuelven.
Y entonces la sociedad me absorbió a mí también.
Tenía un blog desde 2008 y nunca nadie me prestó atención. Pero una muchacha que además de un blog recitaba en YouTube lanzó un libro gracias a su éxito en el segundo.
Yo quería un libro, así que, si YouTube había ayudado a aquella joven, ¿por qué a mí no? Pues no ayudó. Solo conseguí comentarios de odio a mi triste poesía.
Años más tarde, Beret, con sus tristes canciones y mucha ecualización… En fin.
Alguien tenía que tomar el relevo de Alex Ubago, y no fui yo.
Después llegaron los vídeos sobre fotografía, así que lo volví a intentar, pero no caló, llegué tarde, llegué joven, llegué yo. Y lo más parecido al éxito que logré fue mi curso online gratuito de Capture One que lancé cuando Capture One ya tenía a cientos de personas lanzando cursos, solo que yo lo hice diferente; técnico, sin humo, sin paja, sin promesas, al detalle. No enseñaba a convertir fotos en fotos bonitas, enseñaba a usar las herramientas para que pudieras comprender lo que hacen a tus fotos y conseguir así lo que quiera que deseas. No es que tuviera millones de visitas, pero fue el récord de mi canal y aún hoy, 4 años después, sigo recibiendo comentarios positivos ahora que los haters han pasado a otra red social.
Gracias a trabajar en una empresa cuyo marketing es toda una prioridad, logré la difusión que nunca había tenido, me encontré con profesionales, personas, agradecidas, que reconocen sus flaquezas y tu ayuda para solventarlas. Pero estuve en ese lado en donde todo tiene un matiz comercial que no me gusta. Uno no puede ser del todo crítico si tiene que contentar al dueño de lo que analiza. Además, la difusión no solo me hizo llegar a más gente si no también más gente llegó a mí. Y comprendí que a veces brilla más el latón que el oro, y es más transparente la plata que el diamante.
Hoy, tras media vida sobreviviendo, creo que tengo la perspectiva para hacer un análisis que me permita saber por qué estoy donde estoy y a dónde continuar.
Llevo tres meses de baja y todo sigue igual, el mundo sigue girando, la gente sigue siendo gente, pero yo he cambiado, he tenido tiempo para mirar por el orificio que siempre me había traído cierto recelo. He leído, he leído (neuro)psicología, he leído filosofía, he leído ciencia social, he leído ensayos y, aún un tanto aburridos, mi mente se ha expandido como un globo. He descubierto mi ignorancia a la que con cada libro le voy arrebatando un pedazo reemplazado con cultura. He descubierto que la técnica se le puede otorgar a cualquiera con el tiempo suficiente para errar en sus experiencias, pero la cultura es algo que se lee, que no está en redes, si no en librerías. Y, aunque al principio renegaba, hoy, soy mejor. Soy diferente. Tengo un modo de mirar más amplio, un poder de comprensión mayor, una capacidad de debate aumentada, una belleza intelectual que nunca había tenido. Y he tenido que sufrir una neuropatía para poder aprender a usar mejor lo poco de cerebro que me quede intacto. Perdí la audición, pero gané conocimiento. Y así estoy, leyendo tantos libros como puedo ahora que la visión empieza a deteriorarse también, ahora que empiezo a notar temblores en las manos y no sé hasta cuándo voy a poder ser una persona completa.
En resumen, he comprendido que me fue mal huir de la sociedad en la que convivo, me fue mal intentar destacar en ella, odiándola tanto como la odio. Pero estudiarla me ha hecho mejor individuo, o al menos diferente, más preparado para sobrevivir. Y me ha abierto la puerta a un mundo que no es técnico, ni social, si no académico. Aquel en el que puedo ser una planta humana; consumir los libros, el conocimiento ajeno, y hacer la fotosíntesis para contribuir al mundo en este ciclo carbonatado en el que cada vez hay menos plantas y más desierto en el que la cultura se confunde como un oasis de ilusión óptica. Donde cada vez hay más ignorantes cactus que se nutren del goteo de una nube pasajera condicionada, y solo saben pinchar con la asperidad de su superficialidad. Por tanto, en esta civilización edificada en el engaño, la manipulación, la competitividad, el secretismo, la intolerancia, el egocentrismo y la excusa barata; solo queda refugio en las afueras, donde aún crezca la naturaleza y el compromiso anillado sea para con los árboles que observan desde la protección lejana a la contaminación, la propia contaminación humana.