A veces no hace falta caer a las vías para sentirse atropellado, y es que van muchos trenes que dejo pasar, pasarme por encima. ¿Voy a pasarme el resto de mi vida lamentándome, una vez más? Lo tenía tan fácil, era tan sencillo. Que ya debía ser difícil la tarea para no hacerse en las 4 horas, los 240 minutos, los 14.400 segundos y casi tantas oportunidades que tuve en ese Blablacoche tan… ¿Qué importa el coche?

Allí estaba yo a las 16:58 junto a esa Tourneo blanca, yo y ella, y él y esa pareja, y el novio de la otra, y la que estaba más perdida que yo en la historia que os disponéis a leer.

Llevaba una maleta enorme, ella, del tamaño justo para transportar un cadáver adulto bien troceado. En un primer momento me daban todos igual, yo solo quería marchar, subir al coche, ponerme los cascos y dejar que el tiempo pasara rumbo a casa. Pero entonces habló, y pude observar a esa persona de metro ochenta y pico, que bien podría hacer competencia al mejor rascacielos de Dubai. Pero seguía sin interesarme, mi destino estaba a 350Km y nada iba a desviarme de mi meta.

Pero no sé en que momento algo me hizo clic, y clac, y el clock del reloj comenzó entonces a ir más rápido de lo deseado. Algo observé en aquella joven que me prendó, que prendió todas mis herramientas antisociales y ya solo quería conocerla; descubrir qué había dentro de ese cuerpazo de modelo y de aquella mirada que me enviaba puñaladas de preguntas.

Y cuando el conductor preguntó cómo sentarnos, fui incapaz de decir, «me da igual, pero a su lado». Mientras soñaba con que así nos dispusiera el azar, la vida, el destino. Que erró por un asiento. Un asiento que ella dejó como tratando de poner distancia con un tipejo raro.

El coche arrancó y ella no dejó de charlar. Admirada habilidad social, carisma, desparpajo. Conquista instantánea de todo mi ser. Su presencia me hizo volar, atravesando incluso esa nube de indiferencia que nos separaba. Y yo pensando, y pensando, y mis pensamientos en piloto automático impedían el despegue de todas aquellas preguntas que esperaban en la pista de mi boca. Y es que cuando me gusta alguien, ese tipo cachondo y gracioso, ingenioso y creativo, es enterrado por mi personalidad asocial que se comporta como una cabina despresurizada en el vuelo de la vida, difícilmente controlable y con una presión enorme que ni me deja respirar, ni ser dueño, ni ser yo.

Intenté hacerla reír, que es como se ganan las batallas. Y aunque en su cara pintaron sonrisas. Seguía sin tener claro el cuadro. Sin encontrar el momento de pedir su teléfono. Porque por escasa vez, vi en ella una compañera de vuelos, que no de veladas. Aunque también si se diera ese rumbo.

Hablaba y cuando más sabía de ella, más quería. ¡Qué potencia! ¡Qué liderazgo! Una cariátide sosteniendo la comodidad de ocho ocupantes, de los cuales me hubiera deshecho de 5 en plena cuneta.

La miraba desenfocada con la periferia de la visión para evitar hacerlo tan directo que me accidentase. Y cantaba alguna que otra de las canciones que sonaban porque dar la nota siempre ha sido una de mis habilidades, y tampoco es que tuviese competencia. Oía sus cánticos y algo dentro de mí se removía. Su sonrisa era una pista de aterrizaje clarísima en la que no americé, ni falta que hacía, que sí ilusión.

Sentía que estaba aprovechando menos de la mitad del viaje, que necesitaba conectar más, hablar más, conocerla más, para dar respuesta a todas esas incógnitas que como científico mediocre se me pasaban por las hipótesis. ¿Por qué se mudaba? ¿Qué edad tiene? ¿Qué estudia? ¿De qué trabaja? ¿Cuántos idiomas habla? ¿Por qué una inmensa maleta? No, esa no, que estaba de mudanza y estaba claro que dentro llevaría parte de una vida que no estaba conociendo.

Así que pasé de preguntar a revelar, como buen fotógrafo, a ver si soltando yo las cartas, descubría las suyas. Y sí. Y desde entonces solo podía pensar, ¿Cómo le digo que quiero tomar (que no coger) el mismo tren? Así que lo dijo ella.

Bajamos de aquel coche digno de una gira musical y por fin solas, sin interferencias. Sentía que la vida, que el telar del destino, me había repartido la mejor mano de la historia. 3 horas sin poder, sin saber, cómo pedirle el contacto y, en aquella máquina de tickets un rayo de luz me iluminó cuando perdió, momentáneamente su celular, y la frase: «si quieres llámate desde el mío» salió disparada como un supersónico militar cargado de bombas de hidrógeno. Sentí que me tocó la lotería hasta que dijo que no se sabía el número y me sentí como aquel que gana una herencia y le sale a pagar. Ni eso salía bien. Pero encontró su teléfono y continuamos hasta el tren, donde Madrid no se portó nada bien pues, ojalá hubiera tardado una eternidad, pero esos 9 minutos se me pasaron volando, y no de la manera en la que volaba a su lado. Pero caí en picado cuando me dijo: «yo tengo que esperar al siguiente» y tonto de mí me despedí. Ya me estaba arrepintiendo y no nos habíamos separado del abrazo. Cada paso que daba alejándome era un puñal que se clavaba, y aunque hubiera ayudado que el tren estuviera lleno, o que la puerta se me hubiera cerrado en la nariz, algo que casi hizo, la realidad es que estaba allí, dentro de un vagón sin ella, en silencio. Madrid parecía haberse puesto en mute. Nada tenía sentido y esa sensación de fracaso tenía más torque que los motores del tren. Y allí, con la cabeza baja, el alma destruía como esas ruinas a las que ella fotografió, miraba por la ventana y todo era gris.

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