Los estudios de neuroimagen, ese poder mágico que tienen los neurocientíficos para mirar en tu cabeza, revelan que cuando miras a tu pareja la actividad de tus amígdalas; las que se esconden en la profundidad de tus lóbulos temporales, no las de tu garganta; se reduce impidiéndote detectar el peligro que supone el amor. Pero si tener esas pequeñas almendras inhibidas no fuese ya peligroso, también se reduce la actividad en tu lóbulo frontal; el modulador de la conducta impulsiva, el razonamiento, la toma de decisiones… Por lo que podría decirse metafóricamente que enamorarte te convierte en un adolescente ciego del peligro y con las emociones amotinando tu barquito mental.
Y vista la parte física volvamos a la química para continuar con la aventura de los neurotransmisores. De mi querida oxitocina ya hemos hablado, y su aliada la vasopresina. Pero hoy quiero sacar al terreno de juego a Dopamina (de nuevo) y Serotonina, que quizá te suenen porque son más virales que una guardería en otoño.
Serotonina es aquella jugadora que mantiene tu cerebro en calma, que juega de defensa impidiendo que el rival perturbe tu tranquilidad, media y regula, modula. Pero la influencia de Dopamina la reduce a intervenciones anecdóticas y, en ese caso, empieza la Aventura, porque ya lo dijeron ellos: «No, no es amor, lo que tú sientes, se llama obsesión. Una ilusión, en tu pensamiento, que te hace hacer cosas…» En fin, el reguetón de antes era neurocientífico, no como el de ahora que es neurodegenerativo.
Dopamina chorrea tu cerebro como babean los perros de Paulov al sonar una campana. Inundándote de una sensación de recompensa, que no placer, que también, para que ansíes y busques una y otra vez esa relación ciegamente amorosa. Y tu hipotálamo se ahoga como una garganta en pleno bukake. Porque sí, tu cuerpo empezará a pedir eso que para algunos es tan delicioso como una tarta de chocolate a las mil texturas. Y si hay suerte y la tarta se deja comer, tu vía mesolímbica empezará a volverse tan adicta como Madrid en los ’80. ¿Y qué hay en esa vía? El Área Tegmentral Ventral donde abundan los receptores de Dopamina, el Núcleo Accumbens que es el camello proveedor de dicho jugador, y que es el delincuente más conocido por la Policía de la Adicciones; y que además se relaciona con la Corteza Prefrontal que entre otras cosas como el juicio, es clave en el aprendizaje emocional. Las amígdalas también están aquí y si ya estaban dormidas ante la presencia de tu amor, ahora están más engañadas que un votante electoral. El núcleo estriado, la ínsula y el giro cingulado anterior también juegan controlando tu agresividad, celos, euforia y otras emociones y conductas que ya no son tan agradables. Y en el Hipocampo se registrará todo ello para que no se te olvide el pedazo de orgasmo emocional que te acaba de hackear el cerebro sin que te hayan saltado las alarmas.
Y así, poco a poco, el amor, como una droga más se apodera de ti. Te va robando la cordura con su cuerda irracional. Y tú te sientes tan joven como un alumno de instituto, hasta que es imposible devolverle la homeostasis a tu vida y tu cabeza entra en modo mantenimiento, se reinicia una y otra vez intentando reprogramarse. Pero ya ves, ninguna de las tres meninges, ni las coberturas óseas han impedido semejante traumatismo.
Así es como en consecuencia, la corteza prefrontal está fuera de juego y con ello las emociones como la vergüenza no pueden actuar, hasta que el error es tan grande que la envidia y los celos se disparan dejando heridos por heridas que quizá no son tan profundas, pero que tu corrompido sistema ve como maletines pasan por el despacho de un corrupto, en demasía, discreta y presuntamente.
Porque el amor puede ser esa heroína que te salva, o que te destruye. Depende si estás en una peli de Marvel o en los bajos de Argüelles hace 40 años. Porque el amor puede consumarse o consumirte cuando esa dopamina no se eleva porque no hubo recompensa. Y aprendes que la clave está en el equilibrio. En no dejarte llevar por los picos, ni por las palas que te entierran en personalidades que no son la tuya. El amor es el quimicefa adulto. Un juego con instrucciones que no vienen dadas, pero no hay que olvidar buscarlas o redactarlas. Porque el amor causa estragos en tu sistema nervioso, provoca cambios en muchos casos drásticos. El amor es la reacción en cadena más peligrosa que una fisión nuclear. ¡Pero qué de energía da! Qué gustirrinín despertarse junto a esa sonrisa y ver esa mirada reflejarte antes de activar los corpúsculos de Meissner y hacer del órgano más extenso un bombardeo de estímulos. Pero el amor no es solo contacto. Es lo que sientes incluso a Kilómetros de distancia. Es no dejar de pensar en esa persona. Es el interés generoso y humilde y sincero por los demás. Es la puta debilidad que nos hace más fuertes. Es la niña que rompió contigo en la puerta del aula a la que pusiste en algún lugar desconectado de tu corteza hasta que la vida te destrozó todas las neuronas menos las que codificó esa engrama que ahora dispara arrepentida lo que no supo actuar cuando aún podía antes de que esa corteza prefrontral reparada le inhiba una conducta deshonrosa, peligrosa y confundida.
El amor es el postre que caduca al año y medio, y que puede estar en Catalunya, en Canarias o por determinar.
El amor es tan complejo que es hasta esta basura de texto que no quiero terminar. Pero así es, te colé un poco de biología sin que te dieras cuenta, pero tranqui, lo hice tan mal que no llegué a activar tus centros de recompensa. El amor… una chica pelirroja, varias chicas morenas con el pelo por los hombros, tal vez corto y teñido, tal vez teñido y no corto, puede que tal vez rubia… El amor es una adicción anónima y anímica. Que no se compra, pero te vende.
Porque ya lo dijo una voz distorsionada: «Nunca debí enamorarme…»
Y lo siento, pero discrepo contigo Húngara, el amor sí es bueno, aunque concuerdo en todo lo demás.
Se han hecho tantas canciones del amor que el amor es música, y por supuesto, es poesía. Y ¿qué es poesía?