El otro día me lo pasé jugando a la play con mi amigo de la adolescencia. En el mismo sitio, pero algo diferente. Con una consola más moderna y un juego actual. Con distinto horario y casi el mismo menú. Ambos llenos de cicatrices, alguna arruga y unos kilazos de más. Salí de su casa a la noche, a eso de las 22 horas. No era la primera vez que repetíamos la rutina que se instauró cuando teníamos diecisiete años, pero esa noche mi cerebro decidió dispararse.
Crucé aquel paso de cebra hacia la Avenida de Irún y mi cuerpo se vio iluminado por las mismas farolas anaranjadas y a mis ojos les llegó el reflejo del mismo césped verde del camino que separa ambos carriles. Y entonces, en aquella cuesta abajo me aplastó el recuerdo en que yo, con dieciséis años pasaba por allí de regreso a casa. El resto del camino fue una bola de nieve de sentimientos y recuerdos emocionales que colapsarían al llegar al interior del bloque y sacar las llaves; entonces, frente al portal, llegó la avalancha. Ahí sentí como mi cuerpo moría por un instante y como mi mente se resquebrajaba. Porque esta vez no me esperaba mi madre en casa. Esta vez volvía y no iba a estar ella en el sofá tumbada recibiéndome con su mirada brillante, ni a decirme «cariño» ni a preguntarme «¿qué has cenado?«. Ese puto flashback apareció para recordarme que la adolescencia ya no existe, que esta casualidad de rutina no es una entrada mágica a un pasado que se extinguió. Porque la vida se parece más a un juego de mesa que a un videojuego. No se puede guardar partida, ocupa un tiempo y un lugar, un tablero y unas piezas que se desgastan o se rompen o se pierden. Un parchís que puede durar bastante o acabarse demasiado pronto. Fichas que se comen, tiradas que a la tercera te devuelven al principio, bloqueos, vueltas y más vueltas. Y esto me hace recordar que antes de huir, pasé muy buenos momentos. Y que comprar aquel parchís de seis fue lo mejor que hice aquellos años. Porque intenté unir a gente muy distinta alrededor de un tablero donde cada uno tenía su color y debía interactuar con el resto para ganar. Había emoción, estrategia, decisión, tensión, suerte, pactos, y diversión. Y ahora que no estás, mamá, los colores se han teñido de gris y los únicos dados que rebotan son los que tu nieta deja caer sobre la oca.
El caso es que el domingo volví después de pasar el día jugando a la play, pero no volví a casa, no volví a tumbarme junto a la mujer de mi vida, ni a poner la cabeza en su pecho. Porque ella ya se pasó el juego aunque no lo ganase. Y yo sigo moviendo mis fichas con la única estrategia de seguir avanzando, hasta llegar a ella.
cuando escribí en ElPeriódico lo feliz que fui