Ya te dije que no soy perfecto, por eso mi ansiedad por el texto de ayer, aquella que me hizo parar de escribirlo cuando comencé, también apareció después a molestarme en sueños. Así que aunque no tengo que escribir esto, y debería dormir un poco más. No soy perfecto y aquí me tienes.
Si fuera o fuese perfecto no habría acabado en urgencias activando el protocolo ictus. Tampoco tendría cicatrices ni hubiese descubierto a qué sabe el carbón activado introducido en el estómago por un tuvo que previamente te ha acariciado el esófago. Tampoco tendría problemas al escribir adverbios o conectores. Y también tendría ahorros que no hubiese malgastado a lo largo de toda mi trayectoria profesional. De hecho, no hubiera ni hubiese perdido tanto tiempo y energía en escribir en ninguno de mis blog y hubiera o hubiese reunido el valor de hacer algo debidamente encuadernado con todo ello.
Si fuese perfecto no me habría caído de la terraza de niño en busca y rescate de una pelota, y tampoco hubiera dicho: «Tranquila mamá, solo es sangre» cuando mi madre me limpiaba la cabeza. Pero lo cierto es que solo era sangre y solo era un niño. Uno imperfecto que no calculó bien la altura de una terraza ni las probabilidades que había de caer de cabeza en una roca que sobresalía.
Si fuera perfecto no hubiese cometido tantos errores, pero como ya exculpé a los imperfectos, no es nuestra culpa, no toda al menos, parte de nosotros se ha construído en sociedad, y dista mucho de ser perfecta.
Yo tengo la fortuna (sí, no uso esta palabra casualmente) de no tener problemas con el tabaco (lo pillas ahora jeje) porque nunca le vi la gracia a tragar un humo que ahoga. Tampoco tengo problemas con el alcohol porque si bien lo utilicé de adolescente como ansiolítico para la ansiedad social en contextos festivos, los efectos no deseados eran más dañinos que las ventajas de ir ebrio. ¿De qué sirve poder hablar con chicas si el que habla no eres tú, si no un idiota pasado de tragos al que solo soportan por no dejar tirado en calle cualquiera? No, sin duda tampoco es una sustancia que haga bien. Tampoco he sucumbido a ninguna otra droga, ni tan si quiera a las benzodiazepinas que en dos ocasiones he acumulado en mi estómago. De la primera no me acuerdo, es la única noche de mi vida que tengo en negro. Un salto temporal desde que ingerí esas pastillas hasta que desperté en mi cama. Podría haber muerto esa vez, de hecho eso me llevó a tomar semejante cantidad, pero mi cuerpo hizo bien su trabajo y, por lo visto, vomité varias veces aquella noche, por lo que parte de esa química salió de mí. De la otra me acuerdo bastante bien, porque no ingerí demasiadas, solo las suficientes para cumplir el objetivo de rajarme el antebrazo sin sentir el dolor del bisturí dividiendo mi piel en dos partes separadas por una sangre oscura que se desbordaba lentamente.
Sin embargo, sí tengo un problema que podríamos llamar adicción. O dos, o tres, según se mire. Todos parten de lo mismo. No sé si estoy preparado para contar algo que no le dije ni a la psicóloga. Algo que, en ocasiones, ha supuesto una línea en los movimientos del banco, o varias, según el historial. Algo que genera tanta rabia como pagar por una serie y que te salten anuncios. Igual en mi lecho de muerte os lo cuento. Pero de lejos soy perfecto. Solo que ese problema lo barro en casa. Literalmente. A estas alturas supongo que te harás una idea, por eso lo dejaré aquí, porque los pensamientos son más grandes e interesantes que la verdad. Además ahora recuerdo que ya publiqué hace años una foto en mi otro Instagram donde lo contaba. Al menos en parte, porque, como digo, es solo una pata de las tres. Puedo decirte que nunca hemos pagado por algo que siempre ha sido gratis, pero hoy en día se cobra por todo, así que, como dije, la sociedad nos arrastra. Es lo que espera (extraer) de nosotros.
Así que, aunque ya te lo advertí al principio del otro texto, finalizo este pidiendo perdón si la hipérbole de este Diario reaCtivo te ha dolido. No porque lo sienta, de hecho estoy seguro de que al menos logré predisponer una conversación. Pero a veces, leer ciertas cosas antes de dormir no dejan con el mejor sueño. Así que el error fue publicarlo por la noche y no de madrugada. Porque lo que quería era despertarte, no quitarte el sueño.
Pero ya dije que no soy perfecto, y aunque la ansiedad me estaba diciendo que escribir todo aquello también me iba a doler a mí. Aquí estoy, despierto a las cuatro de la madrugada escribiendo de nuevo.
He soñado con mi madre esta noche. Sí, con aquella que no voy a recuperar jamás. Porque ella tiene mucho que ver con estos textos, porque me crió, porque me dejó el relevo del cuidado de la peque. Porque ella tampoco era perfecta y también nos hizo daño sin querer. Y me rompió sin quererlo al romperse ella. Pero también es la razón por la que puedo escribir esto. Porque nací de ella. Porque si siguiera viva yo querría seguir a su lado. Porque por estar muerta yo tengo que terminar la carrera para que todos sus esfuerzos no se pierdan. Pero me duele, me destroza, que no esté. Porque yo no soy ni seré capaz, ni quiero, de cuidar de un bebé. No puedo evitar recordar cómo ella daba de comer a mi sobrina, cómo la calmaba entre sus brazos, cómo la cuidaba con paciencia, templanza, delicadeza, entrega, amabilidad… No había llanto ni tan fuerte ni tan prolongado que la sacase de quicio. Ella sostenía a la peque entre sus brazos envenenados, junto a su pecho condenado, junto a su cabeza radiada; respiraba, cantaba mecía… Y así, sabiendo que se iba a morir, lograba dormir con ternura a una vida que sabía que no iba a ver crecer demasiado tiempo.
Y ahora lloro, lloro porque me da rabia que sea ella la que no esté. Y que esa pequeña me lo recuerde todos los días. Con ternura, con amor, con paciencia. Lloro porque estos textos no tratan de sacar cadáveres del armario, ni abrir heridas. Pero lo hacen, porque tratan de abrirnos los ojos, y, por desgracia, cada vez que los abro no veo a mi madre, a quien veo cuando cierro los ojos. Empecé el finde buscando fotos de una vieja casa en la que pasamos algunos días de varias semanas santas. Y me invadió un recuerdo muy fuerte con ella. Estábamos en ese lugar mi madre, su hermana, mi hermana, mi prima. Recuerdo que hacía fresco esa mañana. Ellas tomaban café en una mesita de hierro blanca que había en el patio. No puedo rescatar nada más de mi memoria episódica, pero me vienen emociones de esos días. Nosotras, descansando en pleno bosquecillo. Sin prisas. Sin distracciones. Estando unidas. Por eso créeme cuando te digo que no se trata de echar nada en cara, porque la cara que más echo de menos es la de mi madre.
Y es porque la veo en mi sobrina la razón por la que hoy puedo escribir esto. Así es, mi sobrina me salva la vida cada día. La única razón por la que no hay puñados de benzodiazepinas efervesciendo en mi estómago mientras me cerceno.
Te dije que no soy perfecto, te dije que lo único que tienes es que vivir. Por eso jamás me importará una mierda ir con las camisetas arrugadas, no porque tenga el recuerdo de mi madre planchando en el salón. Si no porque de qué sirve una camiseta planchada si quien te mira ya no está para arrugarte la cara con una sonrisa. No es que esté en contra de planchar, o de Netflix. Si lo estoy de la televisión en general. Pero, sobre todo, estoy en contra de que ya no se hable en la comida, de que un atontador cuadro luminoso evite las preguntas incómodas que toda familia ha de hacerse.
Yo no he hablado nunca de mis sobredosis deliberadas, Nadie nunca me lo preguntó. Quizá tampoco lo hubiese respondido. Pero lo importante es la pregunta, que esté. No la respuesta, que puede necesitar tiempo en salir. Una sociedad que no se mira a la cara y se pregunta cómo está, es una sociedad más muerta que mi madre. Por eso odio comer con el televisor encendido, y por eso como con mi sobrina mirándonos a los ojos, hablando del día, de la vida, de lo que nos ríe y nos llora. Porque así reímos y lloramos. Y eso evita cicatrices. Por eso hablo con mi sobrina, porque es un ser inocente que no juzga, solo pregunta curiosa buscándole un porqué a todo.
No me quito la vida por lo quitarle un trocito (más) a la suya. Y por eso ella es el eje de mi rueda. Igual que me mueve me desgasta, pero me lleva. Es el agua que limpia y ahoga. La tierra que brota y mancha. El día y la noche. El calor y el frío. Es precisamente vida. Y yo, al igual que la mía, no la pedí. Pero si está, es para estar. Para cuando crezca y vuele libre miremos al pasado y recordemos. Pero para recordar hay que estar. ¿Verdad mamá?
Puede que sea un desastre y no te esté escribiendo ninguna de esas cartas que me prometí que te escribiría, que ahora que no estás mi teléfono no suena cada mañana preguntándome qué tal estoy a 300Km de distancia. Que ninguna tostada me sepa igual sin ti. Me duele no escribirte, no ser lo suficientemente comprometido como para cumplir con una carta ni tan siquiera a la semana. Pero es que sé que no hay mensajero que te las haga llegar. Y me siento culpable por todas las veces que pude estar y no estuve. Todo ese tiempo que no tuvimos porque no te lo dediqué. Me quema estar en esta cama y no poder gritar todo el dolor que siento dentro.
Solo quería que el mundo supiera que está a tiempo de evitar el duelo. Que no somos perfectos, que perderemos, pero no debemos dar nada por perdido antes de que suceda. Tú, como Antonieta y Toriba, siempre te esforzabas por tener la casa perfecta. Las camas hechas, el baño impoluto. Supongo que así te crió tu abuela, aquella que venía de una época donde aparentar estar bien era mejor que estar bien. Donde la casa perfecta era la tapadera que significaba estar bien, aunque no se estuviera. Me imagino a una campesina con el marido fusilado, los hijos exiliados y las manos callosas limpiando la casa «por si las visitas» mientras su interior tiene mucha pólvora que apagar. No se permitía entrar, o salir, a la depresión en plena represión. Así que supongo que por eso las siguientes generaciones planchan, limpian, barren más por el hecho de imponerse hacerlo que por la necesidad de tener que hacerlo. Obvio que hay que limpiar, pero ¿tan a menudo? O, mejor dicho, antes que otras prioridades. En fin, pensaréis que soy un hombre joven al que no le han inculcado eso. Pero he vivido independizado tres años en los que nunca me hizo falta planchar. Y sí, claro que limpiaba mi habitación y el baño y la cocina, por necesidad, no por obligación. No como prioridad.
Obvio que a alguien como mi madre le parecía una guarrada pasar dos o tres semanas con las mismas sábanas, pero cuando la depresión se apodera de ti hace más daño que unos ácaros microscópicos. Y no defiendo esa conducta, no justifico que no hubiese tiempo para cambiarlas, porque ahora lo tengo y hago. Pero cuando tu vida está tan jodida todo lo demás no importa. Empecé bien en Valencia. Con mis ensaladas, mi pasta, mis paseos los findes. Pero llegó un momento, cuando llevaba un año allí, que la soledad se apoderó de mí y ya solo estábamos ella y yo. Dos locos buscando una aventura… llamado volver a casa. Mi último año en Valencia fue un infierno ansioso. Mi último mes una pesadilla (acababan de diagnosticar a mi madre de un cáncer terminal). Y tuve que romperme del todo para hacerme volver. Y solo entonces valoré cada minuto de esos siete meses que pasé 100% junto a mi madre. Hasta volví a caminar de su mano sin importar nada más que el tacto de tus dedos. La disfruté todo lo que pude. Aunque eso incluyese sostenerla cuando se caía, o lavarla cuando no podía ducharse sola. Esos siete meses fueron la lección más dura que viví hasta que la hostia de no tenerla más me enseñó que aún quedaba mucho por aprender.
La vi sufrir, la vi morir y, solo entonces, vi todo lo vivido.
No me culpéis por intentar haceros ver que la vida no es infinita, ni perfecta, ni aséptica.
Solo vivid. Vivid como se pueda. Porque no se podrá siempre. Como a veces no se puede dormir.
De verdad que no quería ofender, ni joder a nadie con el otro texto, pero vivimos en una sociedad que es un puto cáncer, y solo quería poner un poco de inmunoterapia aunque no fuese agradable.
Yo vomito mucho en este Diario, para eso lo tengo. Por eso te invito a leerlo desde otra perspectiva. Por ejemplo, imagina que estás leyendo el diario de un muerto. En parte es cierto.
Te dejo. Por ahora. Que como no tengo la obligación de escribir, solo la necesidad, a saber cuándo me volverás a leer.
Yo me quedaré llorando un poco más y quizá descanse un poco antes de que despierte la peque, o mi hermana, que debe estar algo alterada después de leerme. Tengo ansiedad por rumiar una conversación que debemos tener, pero no sé cómo abordar. Así que será un amanecer incómodo.
Despierto y consciente. Glasgow 15.