A veces la vida se precipita.

Conoces a una persona especial demasiado pronto.

Pierdes al amor de tu vida, demasiado pronto.

En ambos casos actúas demasiado poco y demasiado tarde.

Y es que el tiempo y el espacio son clave en este proceso llamado vida.

Y quizás la nebulosa que conociste cuando aún no sabías ni qué era observar el cielo se convierte, por presión y temperatura, en una de esas estrellas que brillan y dan luz. Esa luz que recibes demasiado lejos, demasiado poco, demasiado tenue, dispersa, fría, y a la que no debes acercarte, al menos demasiado, para no acabar fundido.

Por otro lado, está esa estrella que te permitió crecer, que te proporcionó las condiciones necesarias para nutrirte, que te alimentó con su energía inmensa. Pero que un día, colapsó, y en su explosión engulló todo a su alrededor. Entonces todo se volvió oscuro, frío, inhabitable. Se marchitó la vida. Te convertiste en agujero negro.

Luego están las estrellas diminutas que una mira, observa, ve moverse en el firmamento, aquellas que pueden orientarte cuando te pierdes, o evadirte cuando lo precisas. Esas que abrazan en la noche, que arropan, que te llevan de la mano en plena oscuridad. Que brillan levemente para recordarte que basta tan solo una sonrisa para desembocar otra. Una reacción en cadena programada.

Así es la vida de las estrellas. Las que mueren, las que fugan, las que quedan, las que queman.

Tal vez, algún día, os hable un poco más de cada una de ellas.

¡Muchas gracias!

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