inexplicablemente estamos solos

solos por siempre

y así es como

debía ser…

Contemplando la oscuridad

por fin entiendo

la oscuridad y la luz

y todo lo que hay

entre una y otra.

La tranquilidad de la mente y el corazón

llega

cuando aceptamos lo que hay:

habiendo

nacido en esta

extraña vida

debemos aceptar

la apuesta perdida de nuestros

días

y alegrarnos en cierta medida

del placer que supone

dejarlo todo

atrás.

No llores por mí.

No llores mi pérdida.

Lee

lo que he escrito

y luego

olvídalo

todo.

Charles Bukowski

Aunque pensaba titular a este texto «Cuestión de tiempo», ha sido una increíble casualidad cambiarlo y descubrir que ese título ya había sido usado, y con tan interesantes palabras.

Mente y corazón son mis dos grandes afectados. Si bien ya conocéis de sobra mi neuropatía y mis otros declives mentales, la historia que voy a condensar y exponer ahora afecta a esa bomba que ya fue intervenida en el pasado por los electricistas del corazón, pero que ahora más que cortar un cable que cortocircuiteaba, el problema es que el suministro no da a basto.

Era un viernes 26 de septiembre de 2025 cuando tras una pesada noche llena de depresión y un recién salido quiste en el omóplato que me punzaba la escápula cada vez que pretendía acostarme y recostarme de ese lado, desperté, y me dispuse a trabajar un poco antes de que la depresión apareciese. No mucho después la peque se despertó y la oí llamarme por el monitor de bebés «tete, tete, tete» «tete, tete, tete». Recogí la oficinita y subí a su habitación, tras bajar con ella, nada nuevo. Preparé nuestro desayuno, la vestí, la peiné, guardamos juntos su almuerzo en se mochila y nos pusimos la chaqueta. «A ver, ¿llevamos todo? Zapatos, pantalón, camiseta, jersey, chaqueta…» Y como ese día yo me iba a quedar trabajando no cogí mi mochila, así que se me olvidó pasar revista de la suya y a la peque también. Tan contentos y con tiempo paseamos hasta el cole, todos bien, hasta que al formar la fila me percato de que no lleva la mochila. Se pone a llorar y me hundo porque le fallé, se me olvidó su almuerzo, pienso en dejarle con una mamá de confianza y correr a buscarlo, pero está tan apenada que se me sube como un mono y no quiere separarse. La profe la coge en brazos pero sigue llorando muy triste porque se nos olvidó la mochila. Aunque la profe me dice que puedo dejarla en conserjería, yo no dudo y marcho corriendo a casa, corro tanto como puedo hasta que dejan de funcionarme las piernas, pero sigo, la adrenalina me impulsa. Sin fuerzas llego al portal, tomo el ascensor porque no tengo cuerpo para subir, abro la puerta y cojo la mochila, compruebo que está el almuerzo, y bajo a toda prisa por las escaleras. Corro, corro tanto como puedo, casi no puedo con mi alma, pero la peque necesita su almuerzo, así que ando unos metros y vuelvo a correr, y así hasta que llego a la puerta y por suerte aún está abierta; paso y llamo a la puerta de su clase varias veces hasta que sale la profesora y, aunque me indica que ya está calmada, me quedo mejor sabiendo que ya tiene su almuerzo en clase con ella. Vuelvo a casa despacio. Tengo clase, pero no importa, mi sobrina es más apremiante. Me duele el pecho, la garganta, las piernas, la cabeza. Los ojos parece que se salen de sus cuencas a punto de reventar. Vuelvo a tomar el ascensor para subir y cuando llego casi no puedo ni tumbarme en el sofá. Obviamente que no asisto a la clase. No sé si tengo ganas de vomitar, me enjuago la boca, me empapo la cara y el pelo, me siento en el sofá algo tumbado, pero no demasiado. Mi pecho parece estar debajo de un trailer, mi garganta está como si hubiesen pasado la lijadora, las piernas parecen de trapo, las escleróticas grises con el rojo de las venas difuminado. Y así pasan los minutos, se termina la clase que dejé muteada de fondo y yo sigo mal, mejor, pero mal. La presión del pecho solo comienza a ser aceptable pasada una hora larga. Por fin el esternón deja de ser un puñal atravesándome. Recojo y marcho a casa de mi madre a ducharme, me tiro un largo rato bajo el agua caliente, dejando que caiga sobre mi espalda a ver si revienta el puto quiste, pero no, salgo antes de que tanto calor me baje la tensión y me caiga. No tengo fuerzas para secarme así que me envuelvo con la toalla y me tumbo en la cama. Tiempo después despierto, me había dormido. Ya parece que estoy mejor. Me pongo el medidor y marca 117ppm y 98sO. Respiro bien, pero mi corazón está pasado de revoluciones para estar en reposo. Parece que la carrerita me ha jodido bien. Salgo a comprar algo para comer y vuelvo con dos medias sandías, una mitad rayada y otra mitad lisa. No es que vaya a jugar al billar, pero me gusta comprarlas abiertas porque así puedo ver su interior. Sin pepitas negras y aparentemente jugosas. No compro melón porque eso es una lotería y no está la economía para comprar uno que sepa a vinagre. Al menos la sandía como poco sabe a agua. Vuelvo a casa, y trabajo un poco para avanzar ahora que más que depresión, parece que reina la ansiedad en segundo plano, al menos eso no me deja parado. Después corto un trozo de sandía y como despacio. Al terminar lavo, recojo y marcho a recoger a la peque. No suelo hacerlo, pero después de esta mañana tan dramática quiero que me vea y quiero ver cómo está. Debo mencionar que por el camino me vinieron a la mente pensamientos de esos que se han convertido en habituales desde hace un año. De esos que no me permiten pensar, pero llegan con promesas de aliviar mi sufrimiento a costa de renunciar también a las sonrisas. Llego al colegio y poco después vienen sus papis y juntos marchamos para casa. No tarda en mencionar que se nos olvidó la mochila, pero no lo dice llorando, más bien suena a recuerdo triste, pero no traumático. Nos pasamos la tarde jugando juntas: puzzles, lectura de libros, dominó, oca, parchís, un sin fin de juegos que hacen que me olvide por un rato de las ganas de autoextinguirme. Mi sobrina en un ansiolítico natural, no sirve como antidepresivo, porque hay días en los que no tengo fuerzas para seguirla y solo quiero dormir; pero ante la ansiedad suele ser un remedio interesante. No quiere decir que no estrese, pero el estrés que provoca es un estrés abordable promovido por las rabietas; y de alguna manera hacen que ponga a prueba las destrezas del grado en psicología.

Seguro pensarás que la anécdota de mi crisis cardíaca empezó con ella, pero precisamente porque no quiero que ella sufra estoy dispuesto a sacrificarme. Da igual que hubiese podido entregar la mochila al conserje sin necesidad de fatigarme, el corazón no atiende a razones, ese escenario no era el que quería; necesitaba hacerle llegar la mochila para reparar que se me olvidase, y lo hice. Casi muero, podría haberme dado una pseudoangina de pecho, sí. Pero lo importante es que tras este biofeedback ahora estoy convencido al 100% de que no hace falta esperar el análisis genético para confirmar que tengo una enfermedad mitocondrial. Mi neuronas fallan porque su central energética es deficiente, mi corazón me duele al más mínimo esfuerzo físico y/o mental porque su central eléctrica no suministra lo suficiente. Y lo mismo podría extender al resto de sistemas. Gracias a entender a mi cuerpo puedo confirmar mi diagnóstico a falta de pruebas objetivas. Mi sobrinita siempre me enseña cosas.

Ahora solo es cuestión de tiempo que mis mitocondrias sucumban al mismo evento que tuvo lugar en España y Portugal el 28 de abril. Es probable que para un hecho así falte mucho tiempo, antes habrá apagones aislados que podrían generar fallos cardíacos no fatales, muerte neuronal… Y si alguno de esos casos me pilla en mal momento, entonces sí será catastrófico. Aunque para mí lo desastroso sería no poder dar cuatro pasos seguidos sin ahogarme, no poder escribir, ni leer, perder la vista, o cualquier otro fallo cognitivo. Mi mente es muy importante, mi cuerpo no tanto. Pero ambos necesitan energía y no parece que las estaciones de suministro tengan arreglo más allá de aumentar las revisiones y poner en nómina personal de mantenimiento extra (medicación crónica, sintomática y casi paliativa) .

Sea como sea, yo ya le he puesto nombre a lo mío, faltarían los apellidos.

No es que tenga fe en el sistema, pero entiendo que con este hallazgo, de verificarse, por fin el Estado responda con justicia. Total, tengo el final casi escrito, no les costará demasiada tinta. Mientras, viviré cada día sin saber cuándo cambiará todo para siempre. No por morir, que sería lo justo, sino por quedarme agónico y jodido. Yo ya fui observador de semejante desenlace, y no lo quiero para mí ni para nadie. Apagón y ya.

Y si sirve de algo a falta de picapleitos de mano larga. Dono mis restos a la ciencia. Repito, DONO MIS RESTOS ORGÁNICOS A LA CIENCIA. Mis pertenencias y ahorros a mi sobrinita Alba. Y no quiero sepelios, ni reuniones de despedida ni fotos en paredes de mármol ni nada de nada. Si alguien quiere hacer algo para el recuerdo que me edite un libro con toda la verborrea que he soltado a lo largo de mi antagónica existencia. Nada me gustaría más que dejar mi huella debidamente encuadernada en tapa blanda y leída por otras almas un poco menos rotas.

Un electrizante saludo.

Nos leemos pronto, que aún parece que queda chispa para ir tirando. Hasta que todo prenda.

Gracias por leerme

Subscríbete para recibirme en tu email al instante de publicar mis cosas que no pasan como cuento.

¡No envío spam! Lee la p... política de privacidad para perder tu tiempo..