Hoy hace 15 meses que desapareció el amor de mi vida, mi madre. No fue su adenocarcinoma de pulmón lo que le arrebató la vida, si no un hongo oportunista que se coló en su ya jodido sistema respiratorio aprovechando su sistema inmunodeprimido por todo el cóctel de químicos y radiación ingeridos en la lucha. Se fue de una forma valiente, sufriendo y aguantando todo ese dolor sin perder si quiera el brillo en sus pupilas. Semanas atada a un suministro de oxígeno que poco podía ser absorbido ya. Hasta que, finalmente, no quedó ningún alvéolo y su corazón por fin descansó tras tanto sobreesfuerzo.
Sí, me jode que aún habiéndolo intentado, habiendo asumido su pecado de una vida fumando, pese a que lo dejó durante sus últimos años, el cáncer le tocase a ella y no a los que ni siquiera tienen la voluntad de dejarlo. Y que, pese a que lo afrontó con valentía y se trató con todo lo que había a su disposición para luchar, un hongo le arrebatase la oportunidad de redimirse y no le permitiese cumplir la sentencia. Un verdugo injusto del que nadie nos había hablado.
Yo tuve la enorme suerte de enfermar y que ello me permitiese pasar sus últimos ocho meses a su lado, ayudándola en todo lo que necesitaba y sosteniéndola en muchos casos. Hasta que la vi morir y entonces ya nada me sostenía a mí.
No pude escuchar sus últimas palabras, ni las del médico, ni las de nadie. Aquella habitación de hospital era el escenario de una obra de mímica donde solo me quedaba el lenguaje no verbal. Las caras tristes, las lágrimas, el cansancio…
Pasaron los meses después de aquello y mi vida seguía en modo espectador, sin volumen y sin color. Era como un personaje de videojuego al que le arrastra la pantalla, sin posibilidad de parar, obligado a seguir adelante y sortear los obstáculos, pero caí, caía mil veces, tropecé porque toda la energía se la di a ella para que aguantara a mi lado, y ni tan siquiera pudo. Mi vida y mi futuro se rompieron dos veces. La primera cuando enfermé yo, la segunda cuando murió ella. Y ya no queda forma de arreglarla, porque ella desapareció y solo me queda mi mitad rota. Siempre incompleto.
Ha sido un año duro, difícil, pero aquí estoy. Denegado. Aprendí lo que es que te introduzcan un tubo en la garganta y vacíen el estómago por la fuerza, y que te cosan como a un muñeco al que se le sale la espuma. Me quitaron otro trozo de mí para ver porque tardo tanto en morir. Me obligaron a tantas cosas que mi cuerpo ya no puede hacer ninguna y he tenido que llegar al límite para poder exigir la pausa.
Sufro pesadillas, varias, todas las noches desde hace ya varios meses. Y ya ni tan siquiera sueño con mi madre, algo que hasta hace semanas ocurría al menos un par de noches a la semana. Me aliviaba, porque significaba que aún estaba presente en mi subconsciente y me protegía. Pero ya no sueño, también se fue. Y solo me queda cerrar los ojos y aparecer en una puta escena de SAW en la que debo jugar a sobrevivir, y aunque lo haga, como en Destino Final siempre acaba por devolverme a otra pesadilla. Y despierto varias veces y no sé qué da más miedo, así que me acuesto de espaldas a la puerta por si algún asesino entra y así ponérselo fácil. Despierto mínimo dos veces en mitad de la noche. Y me jode, porque querría no despertar; pero me alegra, porque durante la noche puedo escuchar el silencio si algún mosquito no se ha colado para joderlo. Un silencio que durante el día desaparece y lo llena todo de ruidos indistinguibles e ilocalizables. No es que esté sordo, es que estoy agnósico, cada onda sonora impacta en mis oídos y estos despolarizan mis neuronas ya no callarán hasta que las ondas cesen. Eso sí que es una pesadilla, un dolor de cabeza.
Y ya ni tan siquiera sé si es por la posible y más que probable enfermedad mitocondrial o por el trastorno ansioso depresivo, pero me agota la vida. Caminar en pendiente es como escalar sin cuerda, subir dos tramos de escaleras es subir al Everest, correr dos minutos es sentir un elefante sentado en el pecho. Y las rodillas parecen mantequilla y las piernas parecen de cartón y la motricidad fina de las manos es jugar a las probabilidades. Por suerte aún puedo moverme, aunque sea con la destreza de un anciano.
No le temo a la muerte, me aterra la vida.
Y en plena comorbilidad yo no sé que causa qué o qué correlaciona con qué. Si el trastorno anímico es por la situación o porque las células no funcionan bien, o ambas. Tengo problemas de memoria, de percepción, de atención, de ánimo, de energía. Mi cognición y mi conducta están tocadas como dos barcos a un acierto de hundirse. Llevo más de dos años jugando la partida así que no debe quedar mucho para el impacto.
Algunos creen que soy algo incorrecto, y no soy correcto, pero se equivocan. Porque la gente no trata de entenderse sino de etiquetarse. Antes de nacer ya te ponen una etiqueta rosa o azul, después un nombre, unas ropas, te eligen la vida porque eres un ser altricial en pleno desarrollo y después de eso siguen eligiendo por ti aunque te parezca que no es así. Te eligen ser víctima de abuso escolar, de burlas, de insultos, de palizas, de aislamiento. Te eligen ser víctima de la ansiedad social que llegó para protegerte en modo extremo. Y te predisponen el resto de la vida. No eliges vivir, ni cómo vivir y tampoco se te permite dejar de hacerlo. Eres poco más que una ficha de parchís avanzando por el tablero sin saber si caerá en seguro, será devorada por otra, irá despacio, rápido, a tiempo, ni cuántas veces tendrá que volver a empezar hasta que pueda terminar de dar la vuelta. Y la ficha no tira el dado, solo es movida hacia delante.
Al menos ahora he podido hacer barrera con mis enfermedades, pero no creo que tarde mucho la vida en volver a sacar 6 y joderme otro poco, un casi 17% de probabilidades. Y lo peor es que mientras bloqueo, se acumulan las fichas detrás dispuestas a devorarme. Es una Oca infinita donde alguien poderoso cazó los patos para que no podamos caer en ellos, donde los puentes son solo para tirarse o colgarse, y los dados se han repartido demasiado juntos. La posada es un hospital, el laberinto es el propio juego y la cárcel un centro escolar.
Y aquí estoy, esperando en la anhedonia si tengo suerte, o con la taquicardia si algo llega tan solo a rozarme.
Ya era duro que la depresión me encerrase, pero es peor cuando la ansiedad me acribilla. Y esto me devuelve a la mente aquel momento en que en el colegio, los infantes me rodeaban a la salida, me tiraban al suelo, y se burlaban. Una indefensión aprendida que, al parecer, es sinónima de la vida.
Mi figura de apego murió, y a mí… Aún no me ha llegado esa parte de la historia, pero se me está haciendo eterno el penúltimo capítulo, pues yo, a diferencia de mi madre, no tengo ya por qué luchar.