Poca gente sabe del verdadero fin de aquel viaje nocturno y nadie sus reveladoras enseñanzas.
Dejando por menos de lo que esperaba un presente poco cómodo, pero controlado, tomé un Alsa camino de Barcelona. Al amanecer, tras varias siestas, y unos pinchazos profundos en el estómago tras una cena que en condiciones normales me sienta bien. Emprendí marcha al hotel donde me esperaba una pincelada de mi pasado y, abrazos aparte, la mañana transcurrió con casi total y ansoluto aplanamiento emocional. Tras cinco horas de cháchara que para mí ya no tenía sentido le tocó el turno a la práctica. Y ahí, esperando sentir emoción, sentí indiferencia. Estaba viendo crear a dos de las más famosas fotografías del país y no sentí nada. Ni por verlo, ni por los juguetitos. Total indiferencia. Me repetía en mi cabeza: Sí, muy bonitas, pero para qué. Al terminar vi algunas impresas y sí bien me parecieron bonitas, bien hechas, bien acabadas… ¿Para qué? Y entonces confirmé lo que ya llevaba pensando y sintiendo, y razón por la que por primera vez no cargué con material fotográfico en la mochila. La fotografía que había sido mi terapia durante algún tiempo, ya no lo era. Se había terminado un ciclo y ya no podía ayudarme. Es parte de un pasado que no puedo cambiar y que cambiaría si pudiese. Es cierto que han sido bonitos los últimos años, pero bonito no es un objetivo, de hecho, es subjetivo.
Tras esta primera imagen revelada marché caminando por la playa, donde la humedad enseguida se apoderó de mi. Todo era multitud, gente, parejas, amigos, familias, más gente. Gente a pie, gente en bicicleta, gente en patinete, gente sin neuronas espejo ni empatía cognitiva y puede que ni emocional. Y después de la gente, personas caminando por unas calles cuyo calor intensifica su personalidad. Una Barceloneta que apesta a orina, alcohol y drogas. Entonces empezó a proyectarse la siguiente imagen. Soledad. Y fue cuando un familiar me llevó a dar un paseo a la playa insistiendo en la brisa marina más templada que fresca. Lo mejor, lo relajante de aquel viaje fue sentarnos a la sombra, insisto, a la sombra, frente a la orilla. Los primeros minutos los pasé mirando el horizonte. Había muchos barquitos, gente en tablas, gente nadando; pero yo quería evadirme y pensar en el mar. Escuchar sus olas romper calmadas, como los latidos de un corazón que sueña bonito. Y entonces un individuo desarreglado, por usar un adjetivo, apareció y hubiese pasado desapercibido si no estuviese manchando la arena cerca de mis pies con el contenido de aquella lata de cerveza roja. ¡Ébrios a la mar! Gritaría sin ningún apuro uno de mis más creativos personajes. Y esa escena relajante se emborronó para mal desviando mi atención a los egoísmos de una sociedad que se cree poderosa, y solo es esclava de sí misma. Entonces, por donde había subido aquel desecho humano aparecieron dos hermosas jóvenes en bañador que se unieron a una tercera que ya estaba tumbada a mi izquierda. Esta última, se levantó después de que las demás tomasen asiento, se quitó la parte de arriba y una de las otras le hizo fotos con el móvil. Yo traté de mantener su figura en el límite de la periferia de mi campo visual, dirigiendo la fóvea al horizonte para no pensar en que el sol, ya bajo, pintaba cálida aquella piel pálida y discreta. Pero entonces ella y otra partieron al mar cruzando por delate de mi. Después de un rato la del topless regresó y la otra acompañó a la que quedó en el agua. Un esfuerzo de autocontrol de mi corteza prefrontral mantenía mi mirada en el relajante y ético horizonte. Al menos la mayor parte del tiempo. Cuando las dos chicas regresaron, el rostro de una de ellas pareció disparar alguna de mis neuronas. Después otra chica se quedó a pecho descubierto, no tan discreto como el de su amiga, pero hermoso igualmente. Lo poco que miré con el reborde del ojo, claro. Aquel rostro permaneció con el cuerpo cubierto. Como cubiertos estaban mis pensamientos ahora que se empezaba a revelar la siguiente de las imágenes. Me encantan las mujeres, sí, es algo que no puedo evitar. Si son blanquitas y esbeltas como una baguette a medio hornear, más. Y es todo un desafío mantener a mi hipotálamo en homeostasis y a mi hipófisis estrangulada. Allí estábamos yo, la playa, el atardecer y esas muchachas a las que, por implosión habitual, abandoné poco después.
Esta historia me enseñó con un golpe certero lo infeliz que voy a ser el resto de mi vida. Pues la fobia social, inmadurez e inocencia me robaron la adolescencia. Y ahora, además, la neuropatía se suma para asegurarse de que la adultez va a ser igual de jodida. Entonces comprendí que no podía quedarme allí, rodeado de dicotomía. De gentuza que odio y, en contraste, jóvenes que me atraviesan los sentidos dejándome vacío, y sucio.
Tomé un bus de vuelta. Y resumiendo. En la parada de Zaragoza me crucé con una pasajera que, ya había ido sentaba en mi fila, pero en el lado opuesto. Desde entonces no pude dejar de mirarla a ráfagas. Una chica tan especial que tenía derramadas en su cuerpo mas líneas de las aquí contadas. Con un mechón morado, una pulsera negra con pinchos y ropa oscura, obvio. Creo que la avisté porque la vi fumando; pero yo solo podría fijarme en los metálicos adornos de sus cejas, su nariz, sus labios, posiblemente sus orejas. Y en aquellos afilados versos que rimaban alejandrinos en sus muslos y breves en sus brazos. Todo el viaje pensando cómo debía ser aquella vida para haberse (re)construído de tal manera. Y sí, mi hipotálamo pasaba de vez en cuando para proyectar un imaginario en el que mis dedos acarician su poesía sin pronunciar palabra mientras mis ojos se concentran en aquella mirada tenue alumbrada por las farolas. Todo el puto viaje tiritando por aquel aire acondicionado en modo «salvemos a Olaf» pensando que, como es habitual, en la estación se terminaría el sufrimiento. Y ya en las profundidades de la última parada pensé la frase sutil, amable, respetuosa, empoderada, cortés, decidida, que le iba a decir mientras le entregaba mi tarjeta de visita con el brazo que componen mis roturas. Entonces ella bajó, yo bajé, y se perdió para siempre entre la multitud mientras aquella tarjeta aferrada en mi mano revelaba de nuevo la misma imagen de soledad, tristeza y crueldad.
Me sobra la mitad del mundo y para el resto, me sobro yo.