Chamartín está muy fría hoy. Nunca la he sentido tan helada. Supongo que así son las estaciones cuando te vas, cuando esperas, cuando llegas a tiempo sin la necesidad de correr con el corazón más fuera que dentro.

También es la primera vez que no me pesa el equipaje, que no hay cola en el control, que no siento radiación al pasar, que observo con la calma que da llegar una hora antes.  

Y ahí estoy, enfrente de una librería en la que alguna vez espero estar, entre máquinas expendedoras, maletas, cafeterías y gente detenida, hasta que ese pantallón marca la vía y todos salen corriendo a escanear su QR, algunos en papel, muchos en la pantalla, todos concentrados frente a la azafata que, uno a uno, nos va leyendo con su láser rojo que creo que suena al leer, pero no lo percibo. 

¡Qué bonitas vistas tiene Chamartín! 

Da vértigo poder ver la parte más alta de Madrid desde tan abajo, esas torres parecen bloques de hielo inmensos cuando lo que les ilumina es el sol indirecto y escondido del amanecer en invierno. 

Una de ellas saluda con dislexia, el resto permanecen impasibles, imponentes, tranquilas, aunque dentro guarden oficinas llenas de estrés, trajes y un montón de cifras. 

Cuando nací Madrid eran las torres torcidas de Caja Madrid y el Pirulí lo más alto de esta ciudad. Con los años llegó el faro de Moncloa a mis retinas, el Edificio ese que compró un inversor para venderlo poco después y cuyo nombre no sé porque no viví Madrid. 

Pero hoy, tras dos años y medio de abandono, salgo de Madrid para volver. No sé por cuánto, pero el tiempo que pase quiero sentir sus calles en mis botas, su aire en mis mejillas, su ruido en mi ruido, su luz en mis retinas neurodegeneradas. 

Porque no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos y yo huí sin saber que ella podría recomponerme, sólo tenía que darle una oportunidad, a ella y a mí. Y caminar por Lavapiés, Embajadores, Chamberí, Tirso, Opera, Moncloa, Río, Retiro. Hacerme ver por la casa encendida, tabacalera, matadero, sentir la octava libertad y poner en aleatorio mi vida para disfrutar de toda mi playlist al completo. 

Hoy salgo, para mañana volver, porque hace tiempo que me fui si es que algún tiempo llegué a ser. Y me quiero aquí, donde nunca me he querido, donde siempre he sentido miedo, donde siempre me fui tan pequeño que nunca creí que pudiera yo ser grande. 

Lo siento Sastre, pero me has cosido a esta ciudad nuestra y aunque escribes tan profundo que he podido sentir tus experiencias como propias, necesito tener mi plan, mi accidente hecho llanura, mi pelo suelto, mi yo interior que me escriba todo lo que la poesía aún no ha escrito. Porque yo nunca fui del país ni del mundo ni siquiera de mí mismo. Pero gracias a ti, he entendido la poesía que se escribe sin salto de línea, la vida que se lee con los ojos del que observa. 

Hoy Madrid amanece porque esta lleno de soles, y mi piel ha sentido sus primeros rayos cuando me iba, para regresar y darle todas las caricias que no le he dejado darme.

Gracias por leerme

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