Te advierto que estas líneas puede que no sean de tu agrado, pero es necesario que pases por ellas porque estoy seguro de que ellas no van a pasar por ti ni lo más mínimo. Por desgracia así está la sociedad, pasiva, perdida, a la deriva.
En 2021, 359 millones de personas en el mundo tenían un trastorno de ansiedad (OMS, s.f.)
Si esa cifra no te sorprende, déjame decirte que muchas personas están sin diagnosticar, porque aunque hemos visibilizado el problema seguimos actuando como si vivir «así» fuese lo normal.
Acabo de empezar el libro «Abraza tus miedos. Entiende tu ansiedad» de Silvia Vidal (@queridaneurona) y en él hace una comparación de la sociedad de sus abuelos y la actual. Diciendo que sus abuelos no podían permitirse sentir porque bastante jodida estaba la cosa. El caso es que aunque ahora no haya una dictadura, ni una guerra, al menos no en España. La situación es bastante similar. Los peligros son otros. Ya no es un gris a punto de arrestarte para fusilarte por tu ideología o sexualidad, ahora es un juez con una patrulla el que viene a desahuciar a tu familia porque no pudiste pagar un cuchitril con el sueldo mísero que te queda después de dar de comer, comprar ropa y pagar impuestos. Eso si tienes familia, trabajo o salud.
En otros medios se habla de la diferencia entre lo que comían el siglo pasado y lo que se come ahora, incluso la forma de vivir de antes y la de ahora. Y es precisamente lo que me lleva a escribir estas líneas. Y a pensar en un futuro en que me pueda escapar a vivir entre árboles, y no entre cementos.
En la actualidad vas a sentir ansiedad al menos en un momento en tu vida, si aún no lo has sentido estás a tiempo de evitarlo, pero si alguna vez la sentiste, estás a tiempo de ponerle prioridad. Quizá lo que expondré aquí es demasiado extremista, pero quédate con las pinceladas que necesites.
Para hacerlo más sencillo os pondré ejemplos.
Toriba es una adulta con un trabajo de funcionaria, tiene un horario cómodo, no tiene demasiadas responsabilidades y es mujer y madre. Sin embargo, aunque ella no es consciente de sus conductas, muestra claro comportamiento ansioso, irritabilidad e impaciencia. Sus ratos libres los pasa pegada al televisor empalmando contenido de Netflix mientras tampoco se separa de ese atontador de mano que mantiene su pulgar entrenado en un scroll infinito. Cuando sus hijos pequeños la reclaman, o se comportan como niños con sus rabietas, torpezas, exigencias, ella salta desproporcionadamente. No es su culpa, es víctima de esta sociedad absorbida por las pantallas, un tipo de adicción que altera los mismos circuitos neurales que cualquier otra.
El otro día hice un pequeño experimento, sabiendo lo que iba a decir previamente, le comenté que por qué no pasaba la mañana de domingo con su hija. Yo, preparado para lo que sabía que iba a decir, tomé aire, y me relajé para su disparo:
«Porque tengo que planchar, limpiar… y otras tareas domesticas»
Sabía que su respuesta iba a ser esa porque es la respuesta de cualquier madre (o padre) de familia. Y tomé aire porque no era momento de contestar algo así como «¿y cuántos minutos de Netflix llevas esta semana?».
Por desgracia, son muchos los niños que veo anclados a un móvil, una tablet o desatendidos mientras los padres se chutan lo mismo. Por suerte, y excepción, aun veo a algunas familias que pasan los findes en actividades que unen lejos de las pantallas.
Es lo que intento inculcar a mi sobrina. Si bien yo también consumo series y pelis, lo hago en soledad. Con ella, estoy con ella, a veces no es fácil, resulta agotador; pero qué clase de personita estaría construyendo de otro modo. Cuando me llama, respondo; si me solicita, acudo. No quiere decir que la consienta ni mucho menos, pero sí que fomento el apego seguro. Tener un hijo no es tener un juguete que usar cuando te apetece y abandonar cuando no te interesa o te cansas. Es tener una persona que depende de ti, que te agotará, que te alegrará, que te exprimirá las emociones, ¡todas! Y te hará afrontar retos. Si no estás dispuesto a eso, mejor no tengas hijos. Les harás un favor. Y ya hay muchas personas jodidas por apegos inseguros, familias desestructuradas y sociedades corrompidas. Por eso intento que mi sobrina no tenga problemas en su desarrollo afectivo y social, porque ya la vida le irá poniendo desafíos. No obstante, no es mi hija, y ni aunque lo fuera puedo controlar (ni debemos) totalmente a lo que está expuesta. Así que no es inmune al televisor, a los caprichos ajenos, y a conductas erróneas de cualquier elemento disuelto en la sociedad que le rodea. Por eso, por mi propia gestión emocional, solo puedo hacer que su tiempo conmigo sea beneficioso y no ser yo quien le genere perturbaciones; el resto se me escapa y lo asumo.
De hecho, hoy mismo, mientras tomábamos helado después de comer le pregunté: ¿Te vendrías a una cabaña con el tete aunque no podamos comer helados? y Afirmó. En la cabaña no tendremos televisor pero leeremos un montón de cuentos, ¿prefieres leer cuentos con el tete o ver la tele? Y prefirió los cuentos. Algo que llevo leyéndole desde que tenía año y medio. Quiero pensar que el vínculo que hemos creado es más fuerte que cualquier elemento adictivo del presente. Sí, ese vinculo que a veces me deja agotado, que me exprime, que me hace estar incluso cuando ni yo mismo puedo estar. Y ojalá en el futuro su sistema nervioso se acuerde de estas experiencias y me llame cuando lo necesite en lugar de precipitarse y caer.
Otro ejemplo, esta vez diagnosticado, es el de Antonieta. Una adulta cuyo trabajo de responsabilidad le ha exigido mucho más de lo correspondido, con un hijo en custodia tras un divorcio complicado. Ha tenido que lidiar ella sola con la casa, los gastos, la educación del hijo, cuyo padre no lo ha puesto sencillo, con todo. Incluso con la enfermedad. Nadie se lo ha puesto fácil. Y tras años en esas batallas, logra estabilizar su vida junto a otro hombre, con una nueva criatura, una nueva casa, un nuevo hogar. Y entonces, tras esos años con el estrés apoderándose del cuerpo y la mente, estalla. Y ni la mente ni el cuerpo quedan bien. Toda esa presión deja cicatrices y secuelas que poco se pueden resumir en un diagnóstico. Aunque Antonieta, criada a la antigua por personas que vivieron la represión de la dictadura convivió y aguantó toda la vida con el estrés. Tiró para adelante a toda costa. Se atropelló tantas veces que un día tuvo que parar. Y comprender que la vida no es ser un camión cargado hasta los topes al límite de revoluciones. Que vivir es más bien disfrutar del trayecto sin forzar el motor, sentir el aire en la cara, parar a descansar más allá de cuándo hay que repostar. Mirar a las cosas pequeñas y darse cuenta de que hay cosas (personas) que perdemos por el camino y no hemos podido disfrutar. Antonieta comprendió a hostias, como la mayoría. Y aunque aún le queda tiempo para disfrutar de algunas cosas, otras quedarán como una lección aprendida. Por cierto, aunque he pintado a Antonieta como una súper heroína, también ha tenido conductas muy similares a las de Toriba. En su maternidad no había Netflix, pero esa vida estresante ha ejecutado los mismos comportamientos excesivos y desajustados.
Al final, si el mundo te presiona, esa presión sale por el lado más frágil, que suele ser el que menos lo merece, como los hijos o la familia. Pero debemos de entender una cosa que planteo en forma de pregunta.
Tu vida es la que es, resulta que un día cualquiera un compañero de trabajo, sea jefe, igual o subordinado, te toca esa piel tan fina ¿levantarías la voz, saltarías de golpe con un cambio de humor desproporcionado? Supongo que habrás respondido que no. Entonces ¿por qué tu hijo o tu pareja o tus amigos o familiares tienen que sufrirlo?
Volviendo al título. Lo único que tienes la obligación de hacer es vivir. Y lo dice alguien que ha manifestado querer quitarse la vida. Así que lo digo con conocimiento. Puedes vivir como quieras, como puedas, como te dejen. Pero si eliges vivir acompañada asegúrate de rodearte de quien te haga bien y, sobre todo, no hacer mal a los demás.
Yo no soy perfecto, ni lo he sido ni lo seré. Pero también he aprendido a golpes. Ahora estoy rescatándome con la psicología y preparándome para el resto de la batalla vital. Por eso hay una serie de conductas que intento corregir, no diré hábitos, porque aún no los hice férreos, pero trabajo en ello.
Justo cuando estaba empezando a escribir esto, tuve que parar. A la altura de la cita de la OMS me temblaba tanto la mano izquierda que no podía escribir. Me empezaba a sentir fatal. Así que cesé la redacción y me dispuse a practicar la técnica de grounding. Consiste en conectarte, «tomar tierra». Mirar 5 cosas, tocar 4 cosas, escuchar 3 cosas, oler 2 cosas y saborear una cosa. Y hacerlo detenidamente y con detalle, pensando en ellas. Dejando que ocupen espacio en tu pensamiento, en tu percepción. Es la técnica científicamente demostrada como más efectiva para la ansiedad, sobre todo en los trastornos somáticos como, en mi caso, el trastorno neurológico funcional que se presenta con debilidad y dolor muscular, hormigueo, entre muchos y tan jodidos síntomas. Así que ahora ya sé que antes de quedarme paralizado y afásico (ya hablaré de ello) tengo que parar y activar la toma de tierra antes del cortocircuito. Y funciona. Desde que me dio el episodio que me tuvo en urgencias a primeros de mes habré sentido pinchazos, hormigueo, ahogo, malestar mental bastantes veces, no todos los días, pero casi. Y la solución es la misma, pararse a conectarse con la realidad. Porque puede que un pensamiento del pasado te atraviese y te joda, pero si lo rumias o lo dejas conquistarte, te romperá. No se trata de ignorarlo, se trata de devolverlo a su lugar: el pasado (que no puedes cambiar). Aceptar que es ahí donde debe estar y centrarte en dónde estás tú ahora. A veces es difícil, pero cuanto antes apliques la técnica, mejor. Es gratis, no necesita receta, y es más efectivo que un chute de medicamentos contraproducentes. Lo avala la evidencia científica. Y lo verifico.
Así llevo sobreviviendo. Me da ansiedad (y depresión) cualquier cosa. Todo son amenazas. Desde el hijo de la grandisima mujer que fuma delante, detrás o a mi lado hasta el subnormal que casi me atropella en pleno paso de cebra a una velocidad superior a la permitida. Me jode el progenitor que pone a su hijo una pantalla en el carrito, el que deja que camine jugando con el móvil en las manos como si no fuera a comerse una farola o, y ya es bastante, perderse lo que sucede en el mundo real. Me duele la lista de espera sanitaria. El precio de la vivienda. El coste de la cesta de la compra. La sociedad de consumo que no entiende que el mejor blackfriday es no comprar y ahorrarse el 100%. Me jode la corrupción. La precariedad. La injusticia social. Y que mi magnífica universidad me vacíe la cuenta en cada matrícula. Me hace especialmente daño no poder huir. Y el problema es que es la sociedad de la que quiero y necesito huir. Son las prisas, la ansiedad ajena no atendida ni descubierta, son las adicciones normalizadas, el todo lo normal absurdamente anormal. Ya ni tan siquiera vale volver a la España vaciada porque hay un plan para llevar fibra óptica a pueblos que han perdido o que nunca han tenido ni colegio ni centro de salud ¡Qué disparate! Es como decir, «edúcate y cúrate con Internet». Qe hace más mal que bien sin la educación apropiada.
Así que estoy «esperando». A que el INSS me diga cuánto me incapacita, a que el neurólogo averigüe qué enfermedad rara tengo, a que me toque el Euromillones para solo así poder salir de este cementerio de zombies. Y, esperar encontrar algún hogar refugiado entre árboles donde pasar el resto de mis años como un reservado soldado trastornado que vive «día a día». Aún me queda para terminar el grado en Psicología, así que tengo tres años para probar suerte. Luego, si sucede: una cabaña, miles de libros, un huertecito y una despensa llena de conservadas legumbres, arroz y pasta. No digo que no vaya a ver series ni pelis. Tengo cinco teras de ellas. Pero eso de que un estruendoroso sonido y una consonante deshilachada me den un innecesario chute constante no lo veo mejor opción que mirar por la ventana, abrazar árboles, oler la resina, sentir el sol, el viento, las endorfinas bajo la piel… La técnica del grounding en su esplendor. Lejos de esa sociedad que de tanta pantallita se empieza a convertir en el prota de «El resplandor».
Porque ya hace años mi hermana me imaginaba como un artista bohemio en un ático cochambroso. Pues cambias a las personas por árboles y el edificio por la montaña y ¡voilà!
Lamento daros malas noticias, pero eso es solo mi ilusión, pues con una enfermedad crónica y probablemente degenerativa el bosque es más bien un lugar donde verter las cenizas tras mi marcha. Porque sin atención médica disponible ese plan no duraría mucho tiempo. Aunque me gusta pensar que quizá eso sea lo único que pueda revertir lo sufrido. ¡Quién sabe! Pero no tengo 250.000€ para pagar lo que cuesta un trozo de madera apilado en el norte de la comunidad de Madrid, con pozo y fosa séptica eh, pero sin ducha, váter, ni cocina donde preparar el bote de garbanzos cocidos.
Sí, sé qué título le he puesto a esto, y todo lo animado que he sonado al tratar de proporcionarte una reflexión que haga mejorar tu vida si aún estás a tiempo. Pero lo cierto es que, y ya te lo advertí en este mismo discurso, lo único que queda es la muerte. Porque no puedo alejarme de aquello que me daña, así que solo queda mirar cinco cosas, tocar cuatro cosas, escuchar tres cosas, oler dos cosas y saborear una cosa; mientras el mundo me mata dolorosa y lentamente. Porque lo jodido de estar enfermo es que precisas de los demás, aunque los demás estén en el lugar que te destroza.
Recuerda: Solo tienes que (sobre)vivir. No pasa nada si no planchas, nadie más que tú prestará atención a las arrugas de la ropa que no todo el mundo tiene para ponerse. No pasa nada si hoy no barres la casa, hay gente que no tiene casa que barrer. No pasa nada si pasas años sin ver esa serie de Netflix que tanto está dando que hablar. Sabes lo que sí pasa. Pasa todo cuando dejas de escucharte, de sentirte, de priorizarte. Pasan las oportunidades, pasan las sonrisas de un hijo, las primeras palabras, los primeros pasos, las caras de asombro, curiosidad o incomprensión. Si no tienes hijos (y puedes) disfruta lejos de la sociedad y conecta con la naturaleza, o incluso, visita otras ciudades y contrasta perspectivas. Si tienes críos, víveles. Si tienes madres, vívelas. Las cosas materiales estarán siempre. Los segundos de vida pasan para no volver. Por eso, lo único que seguro tienes que hacer es vivir. El resto puede esperar.
Y sí, dejé fuera de la despedida la obligación de trabajar para pagar el coste desmesurado de la vida. Pero, dejando de lado la jornada laboral, el resto del mensaje sigue siendo válido. Que el tiempo libre sea para ti, no para lo que la sociedad espera (extraer) de ti.
Empecé escribiendo esto con ansiedad sabiendo que este texto te calará lo mismo que esa serie que devoraste el mes pasado y que ni recuerdas porque no le diste tiempo a tu cerebro para que la considerase algo que recordar, ansiedad sabiendo que no cambiaré el mundo, ni tan siquiera el que me rodea cercanamente. Que hay gente que ni con evidencia científica abrirá los ojos. Que cree que la ciencia es otro dictador que les impone hábitos. En fin. Ya me dedico solo a escribir, me cansé de intentar mejorar un mundo que me empeora a mí en el intento (fallido). Vive como te de la puta gana, que yo te ignoraré cuando me empiece a faltar el aire. Eso sí, al menos no me eches el humo en la cara, no vaya a ser que me falle la corteza prefrontal y termines con la tuya abierta contra una farola. Y haznos un favor, existe, asiente, estáte. Sé más que un objeto de apariencia humana. Pon tus sentidos a tu alrededor y no en tu mano. Está en tu mano hacerlo. ¡Qué feliz fui el 28 de abril! El día que los zombies recuperaron el poco cerebro que les quedaba por una tarde. Me faltaba mi madre, esa no va a volver. Mi figura de apego, mi refugio humano. Mi conversación de cada día pese a 300Km de distancia. Y ya no hay smartphone que me conecte con ella. Pero sí muchos que desconectan a otras personas de otras personas. En fin. Levanta la cabeza, y que el marco donde mires sea el de la ventana. O, tal vez, la órbita de los ojos que te miran mientras te pierdes.