Sí, con este cogido con pinzas juego de palabras quiero empezar un texto que a mucha gente le parecerá sorprendente, pero que solo refleja la ceguera habitual de personas acostumbradas a creer la realidad única del mundo.

Llevo años diciendo que soy un actor de mi propia vida. Tenía que actuar ante compañeros de trabajo, clientes, familiares e incluso amigos. Y lo hacía tanto o tan bien que pocas veces se me notaba, quizá solo era «un poco raro».

De hecho, mis años en Valencia fueron una auténtica sitcom al más puro estilo The Big Bang Theory. Se lo dije repetidas veces a mis compañeros de trabajo: «estoy actuando». Y pensaban que estaba de broma, pero no. Y la clave estaba en la consulta de psicología cuando tenía 18 años y acudí por fobia social. «¿Has probado el teatro? Te iría bien», me dijo aquella vieja psicóloga. Y aunque no me apunté a los escenarios, sí me subí a uno una vez. Creí que no iba a poder, pero un joven sabio dijo algo en el backstage: «No os preocupéis porque nadie va a saber si os equivocáis, es vuestro poema y podéis hacerlo como queráis» (o algo así). Y sí, salí al escenario y me olvidé más de la mitad de varios poemas, porque me empeñé en hacerlo de memoria, y obviamente la presión no da para todo. Pero ahí estaba yo, encima de ese escenario con el foco dándome en los ojos delante de un oscuro público al que no podía ver la cara, gracias a la magia del teatro. Esa fue la primera vez que actué. Pero no la última. Cambió la escena, cambiaron los focos, pero la clave estaba servida. Una solución práctica a algo que la sociedad considera un problema. Como cuando les ponían ruido a los coches híbridos para que sonasen. O ese sonido digital que les ponen a las cámaras sin obturador mecánico. Puro teatro. La vida es puro teatro… «falsedad bien ensayada, estudiado simulacro«.

Total, que en Valencia puse a prueba todos esos ensayos y nadie se dio cuenta, al menos la mayoría de las veces. De hecho, hasta yo mismo me sentí perdido, como si el personaje devorase al actor en algunos momentos. Pero todo cambió cuando enfermé. Y ahora sé por qué. Toda esa sobrecarga cognitiva que requiere el masking (enmascaramiento) conlleva un gasto energético brutal, y si te fallan las mitocondrias que producen esa energía… Se acabó el personaje. Cada vez costaba más ocultarse, cada vez más ansiedad, cada vez más depresión… Y además sordo y medio ciego. Se terminó el paripé.

¿Y cómo sabes que lo tuyo es TEA si tienes treinta años y no te pareces en nada al niño de «Mercury Rising», aunque un poco Sheldon si eres? Pues por dos detalles. Cómo me siento y los resultados de los test que he hecho.

RAADS-R: 171 (Escala Ritvo de Autismo y Asperger)

CAT-Q: 127 (Cuestionario de Camuflaje Autista)

AQ: 42 (Cociente de Espectro Autista)

Lo que traducido al humano no psicólogo significa que (gracias Gemini por redactar esta parte):

«Para explicarte estos datos, es fundamental traducir esos números tan altos a experiencias del día a día. Lo más importante es que entendáis que lo que veis como «ansiedad» o «rareza» es en realidad el esfuerzo agotador de mi cerebro por procesar un mundo que no habla el mismo idioma.

Después de mucho tiempo buscando respuestas, he confirmado que mi cerebro funciona de una forma distinta: (muy posiblemente) tengo un Trastorno del Espectro Autista (TEA). Aunque por fuera parezca que me manejo bien, los tests clínicos (autoadministrados) muestran que mi nivel de rasgos autistas es muy alto (puntuación de 171 en el RAADS-R, cuando lo habitual en autismo es 133 ). Esto significa que cosas que para otros son automáticas, como gestionar cambios de planes imprevistos, para mí requieren un esfuerzo analítico consciente y masivo.

He pasado años ‘camuflándome’ para encajar (como indica mi puntuación de 127 en el CAT-Q), y eso me agota tanto que mi cuerpo a veces se bloquea o entra en parálisis. No es que no quiera estar con vosotros o que sea tímido; es que mi cerebro procesa tanta información y detalles a la vez que se queda sin energía. Entender esto me ayuda a explicar por qué necesito mis rutinas, por qué me agotan los entornos con muchos estímulos y por qué simplemente necesito retirarme para recargar mi ‘batería’ cognitiva.»

En verano dudé si venir a Galicia a casa de los familiares del marido de mi hermana. No es que no mole el verdecito, el fresco o el paisaje. Es la falta de control y la constante incertidumbre lo que me provoca un malestar horrible e insoportable. Tanto es así que a los pocos días ya le repetía a mi hermana que me iba a volver, hasta que me dijo que dejase de amargarle las vacaciones, entonces simplemente pasé a un perfil bajo, alejado de la gente y durmiendo la mayor parte del día.

Este invierno volví a pensar igual, pero también vine. También siento malestar. Así que también me aislo. Y no es que la gente no sea maja, es que yo no soy así (típico). Para mí una situación social requiere demasiada carga cognitiva, y ya no tengo energía para procesar todo eso. Os pongo dos ejemplos tontos pero reales y claros, y los motivos que me han llevado a repetir los test para cerciorarme de que ese malestar no es más que la prueba de que soy neurodivergente.

Siempre le tengo que preguntar el plan a mi hermana, porque necesito tener control sobre la situación. Saber el máximo posible me tranquiliza. Pero un día en que esperaba un paseo normal, mi hermana decidió entrar a una panadería a tomarse algo. Yo no lo esperaba, y eso me inquietó. Me preguntó si quería algo y estaba paralizado cognitivamente por lo que no podía decidir. Estaba evaluando la situación nueva que estaba viviendo que se salió del plan que había trazado en mi cabeza. Consulté la carta y encontré algo: una tosta chapata de 1,10€ y mi hermana la pidió. Seguía alerta porque todo era nuevo y cuando vi que la camarera metía dos panes me alerté y pregunté a mi hermana si había pedido 2. Pero resulta que eran las dos mitades del mismo trozo. Mi nivel de control es tal que, como estimaba que mi sobrina querría pan con aceite, dejé un trozo sin untar de tomate. Y acerté, al rato lo pidió. Pero, nuevamente, aquella situación me puso en un aprieto cognitivo, «debía» esos 1,10€, así que le hice un bizum a mi hermana. Aunque como después pagó su marido, me descuadró los sesos, así que le hice ver que la «deuda» estaba saldada (cosas gananciales jeje).

Al día siguiente fui yo el que dijo de ir a ese sitio. En teoría, quería probar un pan diferente, pero la realidad fue esta: Entramos y el local estaba saturado, como siempre. Una de esas situaciones que me habrían hecho huir de ahí. Pero como iba primero mi cuñado, éste se abrió paso hasta dar con una mesa. Podéis apreciar el contraste entre un neurotípico que entra a un bar, y yo. Para mi sorpresa la carta era, o me pareció, ligeramente distinta. Así que me costó encontrar la sección de panes y ante la presión de la camarera que ya estaba allí, pedí lo mismo del otro día. Esto para un TEA significa la seguridad y tranquilidad de lo predecible. Mi hermana me preguntó si quería algo de beber, pero tras el estrés del pan y la complejidad de la carta eliminé cualquier posibilidad de volver a sufrir. Claro que supongo que habrá zumo de naranja, ¿pero será natural, será de bote, qué precio tendrá, qué tamaño, pulpa o sin pulpa? Todo esto es una ametralladora cognitiva desestabilizándome por completo, así que ahorrémonos el fusilamiento y mastiquemos la tosta con calma.

Quizá os parezca rígido todo esto, y lo es, cuando el plan es para uno mismo, pero no para otros, os cuento.

Le pregunté a mi sobri si quería tosta, y dijo que no tan convencida que no reparé en dejar un trozo sin untar de tomate (como la otra vez), pero al rato quiso, así que mordí la parte con tomate y problema resuelto. Como veis, no es que no pueda resolver un problema, es no tener el control lo que impide que lo resuelva. Y para esto os cuento el siguiente evento altamente paralizante.

Días después estábamos en casa a punto de comer, ellos se iban a hacer pasta, y yo también quería, pero la mía es otra. Así que tenía que cocinarla. Pero había demasiada gente en la cocina, demasiadas ollas; la situación era cognitivamente saturadora. Así que me dije: «A la mierda, cojo el bote de garbanzos». Pero los garbanzos eran mi comida del día siguiente, así que no quería hacerlo ese día. Total, que no podía hacer la pasta porque estaba la vitro rodeada de gente ni tampoco quería usar los garbanzos porque «son la comida de mañana, no de hoy». Y aunque no me doy golpes en la cabeza ni tengo ecolalia como el niño de «Mercury Rising» estaba literalmente cognitivamente paralizado. Y sabía que huir a la habitación me iba a traer una pregunta demasiado recurrente de mi hermana «¿No comes?»; pero menos mal que ella cogió una olla, la llenó de agua y la puso a hervir: «para tus macarrones» (o algo así dijo). En ese momento sentí como si me tirasen un flotador en un océano lleno de depredadores hambrientos. ¡Teniendo una olla definida para mí, ya tenía control!

Creo que no hacen falta más batallas para explicar y haceros una idea de lo difícil que es socializar para una persona como yo. No es timidez, no es rareza, es sobrecarga cognitiva ante la falta de control y predictibilidad.

Mi trastorno ansioso-depresivo actual, mi fobia social en la adolescencia tardía… No es más que el síntoma consecuente de un TEA no diagnosticado. Y agravado ahora con el posible MELAS que me deja metabólicamente agotado.

Seguro que pensáis que por qué no se me nota nada (más allá de la rareza). La neurociencia y los test son claros. Mi TEA sería de Tipo I (antes Asperger o altas capacidades). Es decir. ¿Hola Sheldon! Pero no es que todo el mundo sea un The Good Doctor o doctor en física, sencillamente esas «altas capacidades» cubren las «diferencias» del autismo. Llevar una vida «típica» consume los «recursos extra», por lo que para hacer de persona «normal» siendo una diferente hace falta un «extra» que desaprovecho en parecer normal.

Lo que ocurre es que debido a mis patologías actuales, con las que me cuesta tener una cognición sana. Me refiero con esto a encontrar la palabra que buscas, recordar ciertas cosas, procesar cierta información… Si todo eso se ve afectado, imagina cuando has tenido que hacerlo constantemente para tareas que otros tienen de manera automática. Se vuelve el mundo imposible.

Y ahora, es cuando el texto anterior cobra aún más sentido. Esa vivienda propia no es ningún capricho, es la imperiosa necesidad de predicción y control. El saber que todo ocurre tal y como sabes que ocurrirá.

Mis pensamientos intrusivos no son más que la misma conducta de aislamiento y evitación de siempre, solo que en este caso, la perturbación que quiero evitar es la propia incertidumbre de una vida descontrolada. No sé si me van a pagar la incapacidad temporal que me deben, ni cuándo, ni cuánto. Ni si me darán la permanente, ni cuál, ni cuánto. Ni cómo va el tema de mi discapacidad, de mi enfermedad (que más bien son, enfermedades en plural y mayúsculas). Es decir, que vivo en ausencia de control. Similar a cuando en Valencia me subía a un tren en la estación Nord sin tener seguro que ese fuese el que debía ser. Un día casi acabo a saber dónde porque resulta que una misma vía tiene dos trenes diferentes, cosas que jamás entenderé. ¡Una vía, un tren. Una familia, una casa (como bien dice Rufián)!

Porque en Valencia había problemas sencillos en la casa compartida: Si salía al baño y estaba ocupado, pues volvía y esperaba a que se desocupase. ¡Fácil! No mola, pero tampoco soy de horarios del baño rígidos como el amigo Sheldon. Hay márgenes entendibles. Control = Tranquilidad. Sorpresa = Evitación. Simple.

Hoy casi me vuelvo a paralizar. Justo cuando había bajado a comer, me encontré la cocina llena de gente de un lado para otro. A punto estuve de subir al cuarto sin comer. Pero mi hermana me dijo: «En esa olla hay arroz, sírvete» ¡Caso resuelto! Aún así no todo se zanja. ¿Cuánto arroz me sirvo? ¿Cuántos comen de aquí?

Como digo, esas situaciones que para una persona típica no son gran problema, para mí son estrés.

Por eso, si un día llego con una bolsa de la compra es porque estoy evitando previamente una situación futura. No necesito saber si ya hay lentejas, o garbanzos, o tomate frito. Necesito saber que yo compré, por tanto sé que hay. Por tanto como lo pagué, traje y almacené yo mismo, soy libre de servirme. ¡Control!

Si me conoces, o eso crees, puede que pienses que no siempre fui así. Y sí, pero antes tenía más energía para minimizar el semejante estrés que supone. Y otro dato importe. Antes estas situaciones se resolvían con mi madre, la mediadora. No tener a mi madre implica que ahora soy yo el que tiene que tomar esas decisiones, hacer esas conductas. Antes si quería macarrones bastaba con que lo supiera mi madre, y ella lo gestionaba.

Perder sentidos, energía y a mi madre en un mismo tiempo es un mazazo brutal. Es perder el control de mi mismo, de mi entorno, y no tener quien medie. Usando términos clásicos, no es solo perder el control del vehículo, es perderse y no tener copiloto que lea el mapa para saber cómo volver. Y con el neumático pinchado y la gasolina justa. Caos.

Yo ya no sé cuántos diagnósticos me deparan este año. Creo que podré hacer colección como buen autista jeje.

Solo espero que con estos dos primeros textos de 2026 entiendas que mi vida no es tener menos cosas que tú, es que las que tengo, también son muy diferentes. La sabana es la misma para el humano que la observa, pero no para el león y la cebra que la habitan. La ciudad es muy distinta para cada uno de sus habitantes entre los que estamos tú y yo. Por eso, cuando un jersey no te parece tan malo, para mi percepción corporal es el extremo opuesto. Y por eso me puedes ver comprar siete prendas iguales, porque si me siento cómodo, son siete veces que tengo el control. Y jode mucho cuando no hay stock. Porque no se trata de buscar alternativas, no va de eso. Mi polar del decathlon es un apaño que no me gusta del todo. No me contenta igual que el del Primarkt. No es lo mismo. No son iguales. No tiene el mismo confort ni el mismo diseño. Me lo pongo porque no queda otra y no está mal, pero tampoco es lo mismo. Mi TEA no es tan rígido, pero eso no quiere decir que no esté deseando pasar por un Primartk para comprar el que me gusta.

Este otoño aprendí una lección: Si puedes, compra tanto como puedas, para devolverlo desconforme hay tiempo, pero puede que no haya cuando vuelvas contento a por más. Ya visteis el relato de «LOS GUANTES» y los que compré me pican. No los soporto más allá de lo imprescindible. ¿Qué? Ahora te cuadra más eso del TEA ¿eh?

Suelo contar muchas cosas, muchas de esas que parecen excentricidades o simplemente rarezas. Pero hoy te he contado muchas de las que forman esa máscara que no ves porque llevo toda la vida llevándola que (te) parece mi cara.

De niño no jugaba con otros niños, me quedaba en mi habitación jugando a los espías. Piénsalo. Solo y jugando a los espías, que se caracterizan por infiltrarse haciéndose pasar por otro para pasar desapercibidos. ¿Cuadra eh? Incluso jugando con otros niños, me gustaba jugar a Pacific Blue corriendo por el parque con las bicis; es decir, imitar series conocidas que me gustaban para sentirme a gusto. Incluso cuando por necesidades sociales mi madre me apuntó a fútbol sala, yo me pedí portero. Solo, entre tres palos, esperando que alguien intentase colar un balón que yo tenía que parar. ¡Fácil! Mucho más que correr entre jugadores pensando qué hacer, cómo regatear, cuándo y a quién pasar el balón… Bastante me costaba ya saber si pegaba patadón o se la entregaba al defensa. Fui capitán de balón prisionero en las olimpiadas del cole y lo era porque solo esquivaba hasta que me quedaba solo. ¡Fácil! Evitas que te den hasta que los demás se carguen a los del otro equipo, y si con suerte pillas el balón del suelo intentas dar al rival. Sí, es posible que a veces el portero jugase al balón prisionero si el chute era más bien una bomba de destrucción masiva jajajaja

Total, que este 2026 ya sabes todo lo que necesitas para dejarme tranquilo, sobre todo si me ha dado una crisis y estoy paralizado y afásico. Situaciones críticas que, dada mi situación, es altamente probable que se repitan. Porque sí, el Trastorno Neurológico Funcional no es más que el síntoma de combinar un metabolismo ineficiente con un TEA enmascarado durante tanto estrés que el sistema colapsa.

En estos últimos (o primeros días) me he dado cuenta de que hay dos personas a las que tengo un cariño especial (y creo que es mutuo). Mi sobrinita y mi primita. A ambas las he medio criado, las he visto crecer, llorar, las he limpiado el culo y ver rodar en la playa. Ambas me han colmado con su inocente risa, sus frases con escasa pronunciación. Ambas me han hecho sentir libre como un niño y ambas me han hecho sentir comprendido cuando me hacen repetir una y otra vez las cosas que les apasionan. Como poner en bucle las pelis de Madagascar (mira que te gustaban prima), o jugar una y otra vez a los puzzles. Son dos personas con las que me siento a salvo. Y que aunque me ponen en cierta incertidumbre, es una situación desprovista de miedos. Ser niño adulto es la mejor manera de enfrentarse a ciertas cosas, pero no todas. Como le dije anoche a una de esas dos personitas especiales:

«…recordar a mi madre es pensar que tú y Alba sois el pedacito de ella que nos queda.
Tu tía Mari te cuidó mucho y bien cuando eras pequeña y también a Alba hasta que ya no pudo.
Tú ya estás enorme y Alba crece demasiado rápido.
Así que os vais a convertir en mujeres extraordinarias como lo fue la persona que nos cuidó a todas :)»

Si TEA tocado la fibra sensible este final, estás preparada para seguir

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