Ayer fui a dormir poco después de las 18 horas y he dormido maravillosamente hasta las 5. La razón es la anedonia y depresión que me invadió tras los sucesos acontecidos ese 2 de diciembre de 2025. Posiblemente hoy repita esa conducta, dado que me sigue pesando un cuerpo vacío en un mundo caldeado y con la presión en aumento.
Empecemos por el comienzo.
Ayer tuve que ir a la casa de mi difunta madre porque el técnico de la caldera tenía que pasar la revisión anual incluida en el seguro, así que me tocó esperar cerca del telefonillo para así oír cuando llamase. Os aseguro que ir a esa casa no es plato de buen gusto, no por su ausencia, que también, sino por lo que se ha convertido. Total, que después de ventilar el salón, como siempre me veo obligado a hacer cada vez que voy, me quedé en mi habitación intentando ser silenciosamente productivo para poder atender el timbre cuando sonase.
Después tuve que pasear en círculos por la entrada mientras el señor técnico hacía sus labores, a veces me preguntaba con esa voz tan grave que no entendía ni una puta palabra. Así que la comunicación no fue el punto fuerte del día. Suerte que terminó sus tareas y se marchó. No sin antes hacerme firmar la visita, con mi firma, pero a nombre de mi madre muerta. La caldera que cambio el quince de diciembre de 2022 (o 2023), mientras yo estaba trabajando en Valencia. Es decir, su caldera. Aquella que según el técnico duraría menos de los veintimuchos años que le duró la otra, y que nadie esperaría que no fuera a ver cambiar.
Después tuve a bien ducharme, sin tener en consideración que el técnico cambió la configuración del agua sanitaria a 65 grados centígrados por lo que, hasta que me percaté, me quemé un poquito. Y es que yo la tengo configurada a 43ºC por una razón biológica que pedantemente os resumo. Tenemos receptores de la temperatura en la piel, o más bien canales iónicos en las neuronas sensoriales de la piel; uno de ellos es el TRPV2 que se alerta a los 52ºC indicando un calor nocivo intenso que empieza a ser ya muy doloroso, otro el TRPV1 que se alerta a los 43ºC indicando calor que empieza a ser nocivo, otro el TRPV3 que se alerta a los 32ºC e indica un calor inofensivo o agradable y el TRPV4 a los 28ºC. Y esa es la razón por la que configuro la caldera a 43ºC para que así el agua de la ducha no supere ese umbral y, por tanto, aunque ponga al máximo el grifo el agua nunca saldrá tan caliente como para provocar dolor o quemarme, pero si lo suficiente como para estar calentito si así lo deseo. Podéis hacer la prueba si tenéis este sistema. Fijadlo en 39 grados y veréis como el agua nunca os resulta demasiado caliente, más bien poco más que templada, porque está cerca de la temperatura corporal. Después fijadlo en 43º y veréis cómo, al activarse los receptores TRPV1 la piel comienza a enrojecerse y sentís que, ahora sí, el agua está caliente. Suficiente para activar el receptor pero lo justo para que aún siga siendo una temperatura inocua, siempre se le puede bajar un poco desde el grifo si comienza a ser molesta. Y así es como aplico la neurociencia al día a día.
Después de la ducha corregí la configuración de la temperatura, cambié las pilas al termostato y recogí la ropa de la lavadora que había puesto antes de ducharme. Continué revisando las comunicaciones de la universidad y revisé cuándo tenía las entregas y las clases. También hice una estresante llamada al Hospital para ver si podía adelantar unas citas, 12 minutos de música, un robot que no me entendió y una segunda llamada con una antipática trabajadora que se negó a ayudarme. Total, que no conseguí más que mosquearme por la falta de empatía del personal y el pésimo sistema de contacto del que disponen los servicios médicos. Cuando se me pasó la rabia, hice la comida, puse un par de capítulos de «Mindfulness para asesinos» y lavé el plato. El error fue volver a abrir idealista en busca de esperanza. Sí, obviamente no encontré nada que pudiera pagar, aunque una de las «viviendas» me resultó agradable salvo por los sobrepasados 190.000 euros que pedían por algo que hace diez años hubiese costado poco más de la mitad.
En fin, que ahí estaba yo encargándome de revisar la caldera de mi madre difunta, en su piso oscuro, frío, feo, húmedo, viejo y apestoso, que ahora ocupa el señor con quien se casó y tuvo hijos, y cuyos hijos no pueden vender por este motivo. En mi habitación mirando pisos que no puedo comprar, hogares que no puedo construir… Haciendo cuentas en la incertidumbre de una vida a la que no le pido más, literalmente.
Así que a las 17 horas marché, pasé a hacer un recado con la misma energía que una hoja caduca cae de un árbol y regresé a la casa de mi hermana donde enseguida me acurruqué en la cama hasta apagarme.
Toda esta historia hubiese sido muy diferente con mi madre viva, pero como hace poco me dijo alguien: «No podemos cambiar al muerto». Así que solo me queda esperar la degradación de mis células mientras la vida me arrastra de un lugar a otro, sin destino. Porque me empeñé en cubrir los dos escalones altos de la pirámide de Maslow, y ahora nada de esos importan porque se me han venido a bajo todos los de debajo.